¿Nos
lo podemos saltar?
La reciente sentencia del Tribunal
Constitucional que declara la inconstitucionalidad de la llamada “declaración
soberanista” del Parlamento de Cataluña, si bien puede tener puntos discutibles
política o jurídicamente, como toda sentencia, tiene a mi juicio la virtualidad
de dejar claros dos puntos realmente importantes: uno, no por obvio menos
necesario de afirmar, que Cataluña carece de soberanía en nuestro sistema
constitucional, dado que el único soberano es el pueblo español, y por lo tanto
no es admisible en términos jurídicos ninguna decisión que presuponga esa
soberanía (como sería, obviamente, la declaración de independencia,
consecuencia o no de una consulta); otro, igualmente interesante, que las
instituciones de Cataluña, y en concreto su Parlamento que tiene iniciativa
para ello, siempre pueden proponer la reforma de la Constitución, y que en tal
caso el principio de lealtad constitucional obligaría a las Cortes generales a
considerar la propuesta, aunque no obviamente a aprobar una reforma exactamente
en ese sentido.
La sentencia (unida a lo que ya han
señalado claramente los responsables políticos implicados) nos permite ya
pronosticar con bastantes posibilidades de acierto lo que va a suceder si el
proceso iniciado por las instituciones de Cataluña sigue su curso: el Congreso
rechazará delegar la competencia para celebrar consultas, y si el Gobierno de
Cataluña insiste en seguir el proceso y convocar la consulta prevista sobre la
independencia, los sucesivos actos jurídicos, incluido si llega el caso la
convocatoria, serían impugnados ante el Tribunal Constitucional y serán sin
duda anulados. Por tanto, no hay a día de hoy posibilidad alguna de celebrar esa
consulta de forma legal, ni de que la independencia de Cataluña pueda
producirse unilateralmente dentro de nuestro ordenamiento. Por tanto, llegado
el momento, el Gobierno de Cataluña tendrá que decidir si quiere seguir
adelante incurriendo en manifiesta ilegalidad, o ha de buscar otras vías para
conseguir sus propósitos, o bien moderar los mismos buscando alguna alternativa
aceptable para todos. Lo de las “elecciones plebiscitarias” aparte de no tener
ningún sentido en términos jurídicos, nos llevaría de nuevo (en caso de ganar
las fuerzas políticas independentistas) al punto cero y a un reinicio de un
proceso que ya sabemos claramente ilegal. Por supuesto, también el Gobierno de
España puede considerar en qué términos tendría sentido plantear una reforma
constitucional, no desde luego para reconocer soberanía a Cataluña, pero sí
para buscar un nuevo consenso asumible por todos. Como creo que los
responsables de las instituciones que existen porque están reconocidas en el
ordenamiento no querrán hacer nada fuera del ordenamiento, esa será posiblemente la salida más razonable
al reto que tenemos delante. Pero para llegar a ese momento, sería muy positivo
saltarse esta fase de “proceso a ninguna parte”, que probablemente solo
generará nuevas tensiones y enfrentamientos.

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