miércoles, 20 de septiembre de 2017

Churchill

Churchill



            Se esté más o menos de acuerdo con él, hoy es generalmente reconocido que Winston Churchill es uno de los grandes políticos del siglo XX. Además era un pensador notable, autor de algunas ideas o frases que han pasado a la posteridad. Tanto ha trascendido la imagen de su ingenio y de su ironía, que a veces se le atribuyen frases que no es seguro que sean suyas, pero que de algún modo en el imaginario colectivo “le pegan”. Entre sus citas reales y las atribuidas, encontramos algunas de las mejores definiciones de democracia: “la democracia es el peor sistema de gobierno, si exceptuamos todos los demás” (que parece segura), o “la democracia es aquel sistema en el que cuando el timbre de la puerta suena en las tempranas horas de la madrugada, lo más probable es que sea el lechero” (atribuida). Aunque también en este ámbito se le atribuye alguna cita mucho más cargada de cinismo: “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. Sea como fuere, lo cierto es que su figura posee una incuestionable trascendencia histórica, mucho más allá de su importancia como primer ministro británico, no solo por su pensamiento, sino por su determinación para entrar en la segunda guerra mundial y vencer al nazismo. Precisamente una de las frases que se le atribuyen en este ámbito es la que venía a decir que el gobierno por la paz renunció a la honra, y no tuvo ni honra ni paz.

            Con este contexto, la película que en estas fechas se exhibe en nuestros cines, dirigida por Jonathan Teplitzky y en la que Brian Cox encarna con maestría a este personaje, resulta cuando menos sorprendente, porque no responde ni mucho menos a la imagen (más o menos estereotipada) que se tiene de Churchill. No es una biografía del personaje, sino que se centra en los días previos al desembarco de Normandía. Y nos muestra de principio a un Churchill nervioso, dubitativo, cabezón, inquieto, bastante arisco de carácter… Tal vez por eso las críticas se han dividido a la hora de valorar este estreno: algunas inciden en que puede resultar tediosa, o en que da una imagen de un personaje “petulante, patético, achacoso e iluso”, mientras que otras consideran que es una película muy digna, o destacan su interés y su carácter intimista. Yo estoy más de acuerdo con esta última línea de valoración, pero creo que hay que asumir que no se trata propiamente de una película histórica. Ni siquiera estoy seguro de que los hechos que narra puedan ser ciertos en su detalle, al menos en lo que atañe al papel tan insignificante e incluso subordinado que parece tener en ese momento clave. En realidad, creo que cabe interpretar la película en clave subjetiva, retratando a Winston Churchill tal y como él se sentía en esos momentos cardinales para la historia contemporánea: titubeante, maniatado, imposibilitado para aportar más. Y describe de una manera creíble cómo toda esta experiencia le fue transformando, de un hombre más centrado en la acción, a una persona que supo entender que lo más importante que podía aportar era su capacidad de liderazgo y su fuerza para transmitir ánimo y energía a la población. Ahí probablemente se genera ese gran político con visión, ese líder responsable que hoy conocemos, en un proceso en el que hay que destacar el importante soporte que supuso su paciente esposa. El mérito de la película estaría entonces en que logra desmitificar la figura de Churchill, pero sin minusvalorarla. Simplemente nos muestra buena parte de sus debilidades humanas, entre las que finalmente supo encontrar su gran fortaleza.  

(Fuente de la imagen: https://www.filmaffinity.com/es/film333834.html)

jueves, 14 de septiembre de 2017

No es democracia

No es democracia



            Admito que puede resultar tentadora para algunos, dentro y fuera de España, la idea de que lo que pretende celebrar el Gobierno de Cataluña el día 1 de octubre es un ejercicio de democracia. Es fácil creer que cualquier votación es siempre una muestra de democracia. Y está ese sentimiento romántico de que las naciones tienen que decidir libremente su destino. Si además la independencia se pretende frente a quien fuera una potencia colonial (incluso aunque de aquel pasado solo quede el recuerdo remoto), se comprende que pueda generar simpatías en algunos. Simpatías a las que también habrán contribuido años de eficaz propaganda independentista, apenas contrarrestada por las instituciones españolas. Además, las instituciones catalanas y los independentistas ya han abandonado por completo cualquier esfuerzo de justificación jurídica de sus pretensiones (cuya inconstitucionalidad e ilegalidad no niegan, más allá de una genérica e inconsistente referencia al principio de libre determinación de los pueblos, que como es sobradamente conocido es inaplicable al caso, pensado como está para casos de colonización u ocupación militar), centrándose en la sola justificación de su legitimidad, precisamente como ejercicio de democracia. Por todo ello, resulta ahora necesario desmontar esta idea, que a mi juicio no resiste ni el menor análisis mínimamente riguroso, poniendo sobre la mesa los argumentos (políticos) que justifican que este pretendido referéndum no resulta la forma idónea para ejercer democráticamente ningún supuesto derecho colectivo.


Entre estos argumentos, están los que podríamos vincular a una cierta exigencia de calidad democrática, que implican que la adopción de decisiones venga acompañada de un debate abierto, incluyendo la consideración de otras alternativas al “sí” o el “no” (es probable que una amplia mayoría de catalanes prefieran una solución diferente, e intermedia entre el mantenimiento del statu quo y la independencia); y también los que se refieren a cuestiones básicas de teoría política, como que este tipo de decisiones solo puede adoptarlas el sujeto soberano, que es todo el pueblo español (y no solo porque así lo dice la Constitución). Ningún Estado occidental permitiría, ni ha permitido nunca, una ruptura unilateral e ilegal de su soberanía. Más allá de estos argumentos, hay algunos más que se derivan de la pésima gestión del proceso en las últimas semanas. Como la absoluta falta de garantías para que el 1-O fuera un proceso libre y abierto de toma de decisiones; la completa falta de neutralidad del Gobierno convocante en todo el proceso; el clima de coacción que se ha creado para favorecer la independencia; y especialmente, la falta de las más elementales garantías democráticas en la aprobación de esa “nueva legalidad” que habría de servir de sustento a la transición y al nuevo Estado. Nadie puede considerar democrático un Parlamento que aprueba leyes en un día, cercenando las más elementales garantías jurídicas y procedimentales, y los derechos políticos de toda la oposición, y obviando todos los pareceres de los órganos y funcionarios que tienen encomendada la garantía de la aplicación de normas procedimentales. Quizá la democracia no sea, como quería Kelsen,  solo procedimiento, pero desde luego el respeto al procedimiento es parte esencial de ella. La democracia no es solo la decisión por mayorías, sino el respeto a las minorías. Teniendo en cuenta esto, lo que pretenden llevar a cabo el 1-O no es un ejercicio de democracia, sino que más bien constituye un atentado contra las reglas de nuestra democracia. Ni siquiera es un ideal ejercicio “en bruto” de democracia roussoniana: es un puro puñetazo en la mesa, un golpe frontal a nuestro Estado de Derecho. 

(Fuente de la imagen: http://www.abc.es/espana/catalunya/politica/abci-puigdemont-critica-gobierno-y-define-referendum-ilegal-1-octubre-entre-dignidad-o-imposicion-201706101339_noticia.html)

miércoles, 23 de agosto de 2017

El Althing y los orígenes del parlamentarismo (triple artículo)

El althing y los orígenes del parlamentarismo 



            Acaso alguno de mis lectores recuerde que, en algunos escritos anteriores, me he referido a León como cuna del parlamentarismo, pero al tiempo mencioné el caso del Althing islandés, e incluso avancé mi intención de profundizar en su sentido y significado. Algo he hecho al respecto, incluyendo no solo el conocimiento de su sede, sino sobre todo la lectura de alguna bibliografía sobre la materia, lo que me permite avanzar algunos comentarios. Mis lectores pueden comprender que esto no es un trabajo científico, sino más bien la difusión de algunas ideas básicas, junto con reflexiones personales sobre el tema, que no impiden, si las circunstancias lo posibilitan, una futura investigación más profunda de la materia. En todo caso, parece claro que este tipo de investigaciones tropiezan con la circunstancia de que sobre el Althing (y más ampliamente, sobre los things del mundo vikingo, término que podemos traducir como asamblea), no existen demasiadas fuentes directas, ya que en general no hay constancia escrita de sus leyes (quizá por ello la UNESCO reconoció los Decreta leoneses como “testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo”), y las fuentes que a ellos hacen referencia son textos, crónicas o “sagas” de época medieval, en las que a veces los hechos históricos pueden estar envueltos en crónicas más o menos épicas o legendarias.


            Con todo, es seguro que al menos desde el año 930 se reunió en Thingvellir, Islandia, el Althing, asamblea que agrupaba a los líderes locales y que adoptaba decisiones sobre el gobierno común. Y también lo es que esta asamblea no es un hecho aislado, sino que refleja un fenómeno propio del mundo vikingo. Aunque es difícil precisar cuál es estas reuniones fue la primera en el tiempo, parece que antes de la asamblea islandesa debieron existir las noruegas, o al menos el Gulating, ya que Islandia fue fundada por prófugos de este país, y en algún momento posterior se ordenó la importación a Islandia del Código aprobado por dicha asamblea. Pero además, hay constancia de things de este tipo en las Islas Feroe (Thingstead), en las islas Shetland, las Orkneys, y en el norte de Escocia (Dingwall), así como en la isla de Man. Aunque en alguno de estos casos se ha afirmado que se trata del parlamento más antiguo del mundo (por ejemplo, así se lee en la entrada de la Wikipedia española sobre la Isla de Man el 15 de agosto de 2017, señalando como fecha el año 979), lo cierto es que ninguna fuente consultada permite confirmar nada anterior al Althing islandés de 930, salvo los citados indicios de la previa existencia del Gulating noruego, cuyo origen suele datarse al menos en el año 900. Es muy difícil establecer unas características comunes a todas estas asambleas, pero parece que, al menos en sus orígenes, se reunían en lugares abiertos y no en edificios o sedes permanentes; aprobaban normas, pero el derecho no quedaba escrito, sino que era aprendido por el “speaker”. Tenían funciones legislativas y judiciales, aunque en algún caso pudieron asumir también funciones administrativas. Y su representatividad (unos de los puntos clave para valorar su auténtico carácter parlamentario) si bien podría llegar a existir en un cierto grado, no puede señalarse como una característica definitoria, ya que en general participaban en esta asamblea caciques locales o una cierta oligarquía formada por los godar o líderes, no siempre electos. Todo ello en el contexto de una sociedad diferente en ciertos aspectos al resto de Europa, comenzando porque estas asambleas surgieron antes de la cristianización.



        Entre todas las asambleas de los pueblos vikingos, el Althing islandés destaca porque tiene la fecha cierta de origen más antigua, que es el año 930, y porque parecen existir datos más precisos y fuentes más próximas, aunque las “Sagas” de los islandeses incluyen probablemente algunas historias legendarias. Es curioso que este país, el último de Europa en ser colonizado, fuera probablemente el primero en dotarse de una asamblea de este tipo. Pero creo que ello se explica por la singularidad de su historia. Aunque parece que algunos monjes ermitaños habían llegado décadas antes, en realidad el país fue fundado por algunos vikingos que huían del rey de Noruega. El primer colono fue Ingolfur Arnarson, que construyó una granja en la zona de la actual capital en el año 874, y a este siguieron otros que fueron estableciéndose en distintas zonas del país. Este surge, por tanto, como un país de granjeros y agricultores libres (aunque estos llevaron esclavos, y esclavas, de Irlanda). La ausencia total de población indígena en el momento de la llegada de los colonos, es una singularidad que dio a estos una gran libertad para elegir sus establecimientos. Ello generó un sistema muy diferente al modelo feudal del resto de Europa. Para empezar, no hubo propiamente señores feudales ni un sistema social piramidal y jerarquizado, basado en juramentos de fidelidad, sino simplemente hombres libres y esclavos. Para seguir, faltaba la figura del rey, esencial para entender el derecho político de toda la Europa continental en la época. Y en realidad, falta todo poder global o nacional.

            En este contexto aparece el Althing como reunión de los líderes locales para la adopción de decisiones comunes. Asumió funciones legislativas y judiciales, pero no ejecutivas. A dicha asamblea acudían los godar o jerarcas locales, que teóricamente, y con frecuencia también en la práctica, actuaban como iguales, como señala Byock (2002), quien ha estudiado con bastante detalle los orígenes de la institución. El Althing se reunía anualmente en Thingvellir, un precioso lugar al aire libre, al lado de una laguna (por cierto, en el preciso sitio –hoy parque nacional- en el que es perfectamente visible la falla geológica que separa Europa de América, y que desde entonces se ha convertido en el escenario de los acontecimientos más importantes de la historia de Islandia). En ese lugar se reunía la asamblea durante dos semanas, al inicio de cada verano. En el consejo de la ley, llamado Lögrétta, se reunían los jefes locales, cada uno de los cuales podía acompañarse de sus consejeros. El law speaker o lögsögumadr era elegido por tres años entre los jefes locales, y desempañaba un papel fundamental, recitando de memoria las leyes vigentes en la roca de la ley o lögberg, y siendo consultado en caso necesario sobre estas, que entonces todavía no estaban escritas. El sistema no fue estático, sino que fue evolucionando, y a partir de las trascendentales reformas constitucionales de los años 960 fue asumiendo funciones de tribunal, superponiéndose a los tribunales locales en caso de controversias entre personas pertenecientes a diferentes distritos. Se fue así conformando un sistema original, que a pesar de tener varios elementos en común con las asambleas vikingas de otros lugares, tuvo sus peculiaridades, en especial esa ausencia de todo poder nacional que aproxima este sistema a una especie de confederación. Por cierto, fue el propio Althing el que, en el año 1000 y para todo el país, decidió la conversión al cristianismo.




         Después de describir someramente el Althing, cabe retomar el planteamiento inicial de su valor como origen del parlamentarismo. Como en toda institución, en el parlamento conviene distinguir el origen en sentido estricto, de lo que podríamos denominar antecedentes. Para llevar a cabo esa distinción, es fundamental en este caso establecer cuáles son las características imprescindibles de lo que podemos denominar propiamente un parlamento. Ya Robert Howard Lord en 1930 estableció como requisitos el que estas reuniones fueran regulares (se reunieran con alguna frecuencia), pudieran adoptar decisiones vinculantes (o lo hicieran junto al rey), e incluyeran a los tres estados, de manera que sus miembros tuvieran un cierto carácter representativo. Por supuesto, todo esto excluye a las asambleas de la antigüedad, basadas en la democracia directa y que no implicaban la elección de representantes; y también quedarían fuera las instituciones asamblearias de los visigodos, en las que las decisiones se adoptaban por los nobles y el clero con el rey, pero faltaba toda representación del posteriormente llamado “tercer estado”. Estos criterios (y la constancia documental de las normas aprobadas) condujeron al establecimiento de León en 1188 como origen estricto del parlamentarismo, entendiendo por tal la reunión de asambleas representativas con funciones decisorias en materia legislativa y financiera. Pero hay que reconocer que los propios parámetros utilizados están pensados en el contexto sociopolítico continental.

            Las asambleas vikingas, y en especial el Althing, no pueden valorarse con estos criterios, por las especialidades que ya he apuntado, y que en Islandia son particularmente acusadas: ni había rey, ni clero (el Althing es previo al cristianismo en la isla), ni estamentos en sentido propio. Pero salvando estas distancias, sin duda hay elementos que los aproximan al concepto de parlamento: tenían estabilidad y capacidad decisoria. Aunque por otro lado, el hecho de que no se pueda hablar propiamente de lo que en León se denominó “cives electi”, sino más bien de jefes locales, apunta a una cierto déficit de representatividad. Por lo demás, exceptuando el caso de Islandia, las asambleas parece que tuvieron un ámbito de actuación más bien local. Y en Islandia, la falta de un poder nacional diferente a la propia Asamblea, hace que esta se aproxime más a una forma de confederación en lo que atañe a la adopción de decisiones jurídicas, y de solución de conflictos supralocales, en sus funciones judiciales. En suma, creo que estamos ante un sistema algo primitivo, pero aun así es el antecedente más próximo de los parlamentos continentales medievales, aunque con parámetros algo diferentes. Byock (2002) habla de “factores protodemocráticos”, y Olwin Owen (2012) reconoce abiertamente que no fueron el origen de la democracia parlamentaria, aunque afirma que fueron representativos en algún grado. Quizá conviene reservar el término “parlamento” para los que tienen las características más estrictas que hemos visto por primera vez en León, pero sí puede decirse que los things fueron asambleas políticas. Por lo demás, los things nos hablan del gusto vikingo por la adopción de decisiones en reunión entre iguales, algo común a todos los pueblos germanos. Tácito afirmaba ya en “La Germania” que “Los príncipes resuelven las cosas de menor importancia, y las de mayor se tratan en junta general de todos”. Acaso esta costumbre pasó, por un lado, a los things vikingos, y por otro, a través de los godos, a los primeros reinos cristianos de la península, como León.