jueves, 20 de septiembre de 2018

Honestidad intelectual

Honestidad intelectual




            Dice la Ley de Felson: “Robarle ideas a una persona es plagio. Robárselas a muchas es investigación”. Esta ley figura en el libro de Arthur Bloch, La ley de Murphy. Edición especial de aniversario, traducción de Ana Mendoza, Temas de Hoy, Madrid, 2005, p. 98, y como se puede comprender, está enunciada con sentido del humor. Lo que sí es cierto es que, si bien es deseable y positivo que las investigaciones sean profundamente innovadoras, el máximo grado de innovación, creatividad e inteligencia solo es alcanzable por algunos, de manera que el “rasero mínimo” se queda en la exigencia de una obra original que realice alguna aportación relevante a la ciencia de que se trate. Desde luego, esto excluye toda forma de plagio, así como toda apropiación de cualquier obra intelectual ajena. Para evitar este tipo de prácticas inadmisibles, hay que seguir diversas reglas, pero estas se pueden resumir en el sentido común y la más rigurosa honestidad en el manejo de las fuentes y la declaración de la procedencia de toda idea o texto. Se puede citar más o menos, y la comunidad científica admite diversos sistemas y técnicas de cita, pero lo que en ningún caso cabe es reproducir sin cita.


De aquí se derivan ciertas exigencias elementales: siempre que se incorporen ideas ajenas hay que dar la referencia, y reflejarlas huyendo de toda tendenciosidad o manipulación; siempre que se introduzcan citas literales hay que entrecomillar, además de declarar la fuente; si se cita “por referencia” de otro autor (lo cual hay que evitar como regla general, salvo que la fuente original resulte inaccesible por razones justificadas), hay que citar al autor que da la referencia, y no fingir que se acudió a la fuente original; si la traducción la ha hecho un tercero, hay que citar al traductor. En las tesis doctorales, hay exigencias adicionales, ya que han de ser originales e inéditas y, como es obvio, si son de un autor único no pueden incorporar textos realizados en coautoría. En estos casos, la autocita es perfectamente posible, pero no el autoplagio, si se entiende por este la inclusión íntegra y no declarada de publicaciones previas. Todo este conjunto de criterios deriva de una exigencia general de eso que podemos llamar “honestidad intelectual”. En mi opinión, alguien podría cumplir estos criterios y, sin embargo, ser deshonesto en otros aspectos de la vida; pero lo contrario sería mucho más difícil. Si alguien no es suficientemente riguroso y honesto en su trabajo académico, y es capaz de apropiarse de la obra de otros, o falsear la suya propia haciéndola pasar por original e inédita sin serlo, creo que no cabe confiar en que esta persona sea honesta en cualquier otro aspecto de la vida.

(Fuente de las imágenes: http://elaltavoz.mx/2015/11/01/como-afecta-el-plagio-como-estudiante/ y http://www.eldiariodecoahuila.com.mx/tecnologia/2017/5/18/unam-crea-software-para-detectar-plagio-textos-653336.html)

jueves, 13 de septiembre de 2018

Elogio de la cerveza

Elogio de la cerveza





            Es probablemente la única bebida que, existiendo en todo el mundo, en todos los lugares es un producto local. En los trópicos o en regiones frías, en Asia, África o América, cada país, incluso muchas veces cada región o cada ciudad, se enorgullece de su cerveza. No se puede conocer bien un lugar sin conocer sus variedades de cerveza. Las hay rubias, rojas, tostadas, negras; ligeras y con cuerpo, con diversos estilos… y todas están buenas. La cerveza es, junto al vino y la sidra, una bebida que contiene alcohol, pero en la cual su consideración de “alimento” tiene más peso, porque estas bebidas se han consumido desde siempre como parte de un tipo de dieta. Como destaca un reportaje publicado en la revista National Geographic España en febrero de 2017, un estudio de la Universidad Politécnica de Munich ha descubierto que la causa originaria del “invento” de la agricultura -y con él de toda la revolución neolítica- fue el descubrimiento de la fermentación de los cereales, es decir, de la cerveza. “Empezamos a labrar la tierra para beber”, de dice literalmente en este reportaje. Parece que el ser humano había descubierto la fermentación espontánea de las frutas que caían de los árboles, y pronto aprendió a consumir combinados de cereales y agua, primitivas cervezas que se removían en grandes tinas, como parecen demostrar algunas excavaciones en el sudeste de Turquía. Ahora todo parece entenderse mejor: no abandonamos nuestra aventurada, incierta y excitante vida de cazadores-recolectores nómadas, para sustituirla por una aburrida y acomodada vida sedentaria; no abandonamos el consumo de las jugosas carnes de las piezas cazadas, para comer verduras, arroz, pan o pollito, sino para poder hacer fiestas en las que consumir cerveza, y poco más tarde vino.



Los mismos estudios demuestran el importante papel nutritivo que tuvo la cerveza en aquellos seres humanos que la descubrieron, cuya dieta podía ser deficitaria en muchos de los elementos que aporta esta bebida. A lo que hay que añadir el probable papel de los primeros alcoholes en el ámbito de las creencias y prácticas religiosas. Y es que una buena cerveza siempre es sana, y su consumo moderado (salvo que se tenga que conducir, manejar maquinaria precisa, etc.) es una buena costumbre. No soy médico, pero baso esta afirmación en la experimentación y la contrastación empírica. Por lo demás, una cerveza, a ser posible bien fresquita, ayuda a relajarse, y es el mejor complemento a una buena conversación, o a la diversión entre amigos, porque, consumida con buen criterio en el momento adecuado, potencia una de las mejores características del ser humano: la sociabilidad y la empatía con otros seres humanos. ¡Salud!



jueves, 6 de septiembre de 2018

Asturias

Asturias





            Hace años que un eslogan con fines turísticos se refiere a Asturias como “paraíso natural”, y desde luego esta es una definición sintética y apropiada de este lugar maravilloso. Pero Asturias es mucho más. Es (además de las insulares) la única comunidad autónoma de nombre plural, y acaso eso da idea de que hay varias Asturias: la costa y la montaña; la minera, la industrial, la ganadera, la marinera; la urbana y la rural; occidente, centro y oriente… Pero todas ellas configuran una Asturias a la que nadie puede dar lecciones de eso que ahora llaman “identidad propia”. Esta identidad, tan arraigada y profunda, nunca es excluyente. El bable, la lengua asturiana, convive habitualmente de forma armónica con el castellano, y en las fiestas la mayoría de los asturianos exhiben con orgullo la bandera rojigualda, al lado de la enseña asturiana, que incorpora de forma destacada y sin complejo alguno la cruz de don Pelayo. Y detrás de esta identidad están los asturianos, gentes que -en general- no se “hacen bolas” con estos temas, discreta pero profundamente acogedoras, y sobre todo, esencialmente nobles.



            El 8 de septiembre se celebra el día de Asturias, y este año esta celebración es muy especial, por lo que han llamado el “triple centenario”: 1300 años desde el origen del reino de Asturias, y un siglo de la declaración del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, así como de la coronación canónica de la Virgen de Covadonga. Porque para la inmensa mayoría de los asturianos, creyentes, agnósticos o ateos, “la mi Santina” es un emblema, un símbolo profundo de esa identidad, que va mucho más allá de su sentido religioso. A la Santina no se la toca, y todos la respetan. Yo presumo de tener una parte asturiana, aunque en esto de la sangre, los genes y los sentimientos, es absurdo hablar de porcentajes, así que es perfectamente compatible con ser toledano, castellanomanchego, español y europeo, y sobre todo un ciudadano del mundo, hermano de cualquier otro ser humano. Pero hoy quiero felicitar a los asturianos, y estoy seguro de que mis lectores toledanos compartirán esta felicitación a los habitantes de la única Comunidad Autónoma cuyo himno -letra y música- conocemos perfectamente todos. Y también mis lectores hispanoamericanos, de los cuales más de uno será descendiente de Asturias y se sentirá también asturiano. Nunca olvidaré que, celebrando el Mundial de fútbol que España ganó en 2010, yo estaba en México, y allí unos paisanos me ofrecieron sidra que escanciaban, y cuando les pregunté de dónde eran me respondieron: “¡De Llanes!”. Muchas felicidades a todos los asturianos, estén en Asturias o en cualquier lugar del mundo.