miércoles, 6 de diciembre de 2017

Liébana

Liébana





            Indudablemente, es una de las comarcas con más encanto de España. Un auténtico paraíso al pie de los Picos de Europa, compuesto por cuatro valles que confluyen en la preciosa localidad de Potes, capital incuestionable de la comarca. A pesar de estar muy cerca del mar y de la montaña, goza de un privilegiado microclima, más seco que el de la costa, más cálido que el de la montaña. Ello es así porque se trata en realidad de una “olla” que, al menos en el centro de los valles, tiene muy baja altitud (Potes está a 291 m.s.n.m.). En verano en Potes puede llegar a hacer calor, en invierno la temperatura es mucho más suave que en otros lugares de la cordillera. En algunas localidades de la costa cántabra dicen un tanto exageradamente que “Potes es Castilla”, aunque desde luego si uno llega desde Castilla notará de inmediato mucha mayor suavidad en el clima. En cualquier caso, ya sea llegando desde Castilla, desde León (Riaño) o desde la costa, la Liébana siempre encanta al visitante, y desde luego la atractiva villa que es su capital, no solo por el impresionante encanto natural de su entorno, sino por su gran valor histórico-artístico. Claro que la Liébana es mucho más que Potes, ya que todos sus valles están poblados por preciosas poblaciones, pequeñas y recónditas, pero que nos dan idea de la importancia histórica de la comarca al menos desde la Edad Media, sobre todo por la importancia de Santo Toribio y sus “beatos”. Hoy este lugar, que alberga según la tradición el pedazo más amplio que se conserva de la Cruz de Cristo, es punto de llegada de una importante peregrinación, pero a ello me referiré monográficamente en otra ocasión.
 
            Por lo demás, su singular emplazamiento geográfico es causa también de su atractivo natural y gastronómico. La naturaleza es apabullante, y ya la angosta y espectacular garganta de La Hermida, que nos conduce a la comarca, nos proporciona algunas posibilidades únicas, desde la impresionante subida a Tresviso, a la contemplación de los buitres, o el baño en aguas termales. También podemos subir a un teleférico o ir a dormir al refugio de Cabaña Verónica, a poca distancia del mítico Naranjo de Bulnes. De la gastronomía se puede recomendar de todo, desde el contundente cocido lebaniego, al lechal, o sus variedades de quesos y “quesucos”. Todo ello sin olvidar su afamado orujo, porque esta es tierra de uvas, que también generan el singular vino “Tostadillo”. Si alguna vez me pierdo y no me encuentran… tal vez pueden buscarme en Liébana.

Apéndice para juristas


Además de todo lo dicho, no puedo dejar de destacar que esta comarca ha sido cuna de dos importantes juristas contemporáneos. En primer lugar, Eduardo García de Enterría, ya fallecido, que además de ser autor de obras imprescindibles en nuestro Derecho Administrativo (y también, sin duda, en el Derecho Constitucional) escribió un precioso libro titulado “Liébana. Un lugar para volver” publicado por la Editorial Estudio de Santander, e ilustrado con maravillosas fotografías de la comarca. Y también Luis Prieto Sanchís, el gran filósofo del Derecho, aunque también con relevamntes publicaciones vinculadas al Derecho Constitucional,  que fue primero mi maestro y luego muchos años mi compañero en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, y que afortunadamente sigue realizando contribuciones relevantes a la Ciencia Jurídica.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Pongámonos en marcha

Pongámonos en marcha


            En una escena de “El principito”, Exupéry reconoce que “aunque estaba cansado y me parecía absurdo buscar un pozo en la inmensidad del desierto, nos pusimos en marcha”. Hace años que, más o menos en estas fechas, vuelvo a destacar la importancia de proceder a una reforma de la Constitución, cuya realización empieza a parecer ya más difícil que encontrar ese pozo en el desierto. Como mínimo desde el intento de la legislatura que empezó en 2004 (con motivo de la que organizamos en Toledo un seminario específico, que fue pronto publicado), algunos empezamos a analizar los aspectos que requerían esa modificación. Obviamente, y todo ello desde mi modesto punto de vista, esos aspectos cada vez son más. Y la reforma ha pasado ya de ser algo simplemente conveniente, a resultar necesaria, y cada vez más urgente (aunque es evidente que en este punto, mayor era la urgencia en 1977, eso no implica que ahora no exista). Lo único positivo es que, tanto en el ámbito académico, como en el político e incluso en el social, cada vez son más voces las que destacan la necesidad de la reforma.


            Aquí no puedo entrar en los posibles contenidos de esta reforma, pero sí en lo que creo que debería ser su planteamiento general. Yo pienso que habría que hacer una reforma amplia, pero no una nueva Constitución, ya que los valores y principios fundamentales, y las características definidoras de nuestro Estado deberían permanecer. Si el preámbulo y el título preliminar se mantienen, lo que algunos llaman despectivamente el “régimen de 1978” permanecería. Sin embargo, hay muchas cuestiones que abordar: además del Senado, Unión Europea, y sucesión a la Corona, aspectos que ya estaban en la propuesta de 2004, habría que incluir una actualización de los derechos y una mejor garantía de algunos derechos económicos, sociales y culturales. También convendría mejorar las vías de participación ciudadana. Y, desde luego, hay que abordar la cuestión territorial. No como cesión a ningún chantaje ni concesión a los rupturistas, sino como vía para perfilar mejor un modelo que quedó demasiado abierto en 1978. Si bien es evidente que no hay consenso en esta materia, no hay que olvidar que el consenso también en 1977-78 fue el punto de llegada, no el de partida. Por lo demás, hay que saber lo que se le puede pedir a una Constitución, y ello no es que todos seamos más felices, ni “justos y benéficos” como decían los gaditanos. Pero sí establecer mejores condiciones para ello, así como la prosperidad y convivencia pacífica entre españoles.

martes, 21 de noviembre de 2017

Oro

Oro


            Casi siempre que comento una película en esta sección, es porque quiero recomendarla en algún sentido. De lo contrario, ni me molesto en escribir el comentario. Sin embargo, todo tiene sus excepciones. “Oro” es una película que prometía. Está inspirada de algún modo en hechos históricos que sin duda tienen interés y resultan incluso muy sorprendentes, como es la aventura de Lope de Aguirre, aunque ya hayan sido abordados por la literatura (Ramón J. Sender) y el propio cine (Herzog en “Aguirre, la ira de Dios” y Saura en “El Dorado”). Y la combinación de un texto de Pérez Reverte y el trabajo cinematográfico de Díaz Yanes había dado buenos resultados en “Alatriste”. Motivos suficientes para ir a verla. Para mí esa decisión fue un error, aunque desde luego cada uno puede juzgar por sí mismo. La película no me gustó y no aporta nada.


            No se trata ya de su mayor o menor fidelidad a la historia. Su inspiración es un hecho poco frecuente durante la conquista de América, protagonizado por un personaje también singular. No fue en absoluto normal romper con la Corona durante la conquista, y de ahí lo llamativo del caso de Lope de Aguirre. Pero admitiendo esa singularidad (y por tanto no tomándola como una descripción de algo habitual), podría haber estado enormemente interesante si ayudase a entender. Si fuera capaz de transmitir algo. Pero no lo logra. No hay un mínimo trabajo de la psicología de los personajes. No parecen locos (como acaso se volvió Lope de Aguirre). Tampoco simplemente la “fiebre del oro” explica su comportamiento, pues un mínimo sentido práctico y de supervivencia les llevaría a comportarse de otro modo. Se trata simplemente de cien minutos de españoles matándose entre sí sin motivo aparente, y de paso matando también a algún indígena. No falta, desde luego, el cura perverso, fanático y mujeriego al que todos desprecian. Y no hay más. Nadie respeta nada, y no existe no ya el menor rasgo de épica, sino ni siquiera código alguno que explique algún comportamiento. Pérez Reverte suele crear personajes sórdidos que no son ejemplo de virtudes, pero en todos ellos (desde Alatriste al comisario autoritario de “El asedio”) hay algo de nobleza profunda, un cierto código de conducta cuyo respeto les redime, al menos en parte. Aquí (al menos en la película) no hay nada de eso. Lástima de ocasión perdida para haber logrado un producto de algún interés.  

(Fuente de la imagen: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-241495/)