Lo
que no… y lo que sí

La reciente presentación del libro Democracia en el mundo antiguo y en la actualidad, Andavira, Santiago, 2013, coordinado por la profesora Alicia Valmaña, nos dio la oportunidad de escuchar algunas interesantes reflexiones sobre el tema, en especial las que hizo la presidente de Castilla-La Mancha. Desde luego el concepto es tan antiguo como permanentemente actual, y es obvio que en tiempos muy recientes recobra protagonismo, e incluso hay quien llega a cuestionar la legitimidad de nuestras fórmulas representativas y proponer su superación por otros modelos en los supuestamente se impondría una democracia más real. En mi opinión, la democracia representativa tiene tradición secular y bases muy sólidas, y pretender a estas alturas sustituirlo sería absurdo, y supondría incluso un claro riesgo de usurpación de la voluntad popular, como demuestran experiencias históricas y comparadas. Yo –ya lo he dicho y escrito muchas veces- tengo claro que, con todas las limitaciones y carencias que se quieran, a mí me representan mucho más los diputados, senadores, o concejales elegidos, que quienes a veces salen a la calle a presionar o coaccionar a esos representantes afirmando “ser” el pueblo. La democracia es el gobierno de la mayoría, y también el respeto a toda minoría (incluyendo el individuo), y de ahí la importancia del libre ejercicio de los derechos fundamentales, pero la voluntad popular tiene sus cauces de expresión que no pueden ser usurpados por ninguna minoría. Por tanto, me parece claro que no hay que cambiar las bases de nuestro sistema ni sustituirlo por otro.
Ahora bien, sería a mi juicio
erróneo quedarse en lo anterior y cerrar los ojos al hecho de que hoy hay una
tendencia prácticamente global hacia la exigencia de una intensificación de la implicación
popular en la toma de decisiones. En el caso español, la aprobación de la
Constitución de 1978 supuso en su día un cambio cualitativo tan positivo, que una
vez establecidos unos parámetros claramente democráticos y representativos, probablemente
el Constituyente –y el posterior desarrollo normativo- se preocupó más por
fortalecer la naciente institucionalidad y la estabilidad política, que por fomentar
la participación directa. Pero hoy muchas cosas se pueden y se deben hacer para
lograr una mayor “calidad democrática”. Desde una utilización más frecuente de referéndums
y otras vías de participación ciudadana, hasta otros aspectos incluso más
importantes: establecer sistemas electorales más proporcionales y con
resultados menos “distorsionados”, imponer de alguna manera una verdadera
democracia interna en los partidos (tarea pendiente en España), y establecer
mecanismos que faciliten la comunicación entre representados y representantes y
la “rendición de cuentas” de estos últimos –en términos políticos-, algo para
lo cual las nuevas tecnologías de información y comunicación pueden ser de gran
ayuda. Así que a mi juicio hay mucho que sí hay que hacer. No hay que sustituir
el modelo, pero sí mejorarlo.
