martes, 4 de agosto de 2020

De instituciones y personas

De instituciones y personas

 



            Las instituciones permanecen, las personas las encarnan temporalmente, y pasan. La actuación de una persona que encarna una institución puede repercutir en la imagen que la sociedad tenga de esta, ya sea en un sentido positivo o negativo. Pero si una institución es necesaria, conveniente o positiva, no dejará de serlo porque quien la encarna o la ha encarnado un tiempo haya tenido (supuestamente) una actuación incorrecta. El debate entre monarquía y república es siempre posible y lícito, y desde luego es un debate permanente en la doctrina o en cualquier sociedad. Hoy en día, y en el constitucionalismo occidental, solo se consideran legítimas las repúblicas democráticas y las monarquías parlamentarias, y si comparamos las monarquías y las repúblicas parlamentarias de Europa, no hay ni siquiera diferencias relevantes en cuanto al sistema de gobierno. Y en la práctica, tampoco en la forma de gobierno, porque nuestras monarquías parlamentarias vienen a ser “repúblicas coronadas” en las que la opción por una jefatura del Estado vitalicia y hereditaria tiene un valor simbólico y de reconocimiento a una continuidad histórica de una nación. Con todo, y en mi humilde opinión, en ese eterno debate los partidarios de la república ganan sin duda en el terreno de la racionalidad, y quizá los de la monarquía en el de la estabilidad y la continuidad histórica, pero lo que cada país debe decidir es cuál es la forma preferible desde la perspectiva de la utilidad y la oportunidad.

 

            Algunas repúblicas de Europa occidental (Francia, Italia, Alemania) consideran intangible esa forma de gobierno, de manera que sería constitucionalmente imposible cambiarla. Pero la monarquía parlamentaria española puede modificarse, e incluso suprimirse, por el procedimiento agravado de reforma constitucional, así que cuando haya una mayoría suficiente a favor de la república, tendremos nuestra III República. Pero por todos esos motivos, los partidarios de la república deberían defenderla con argumentos referidos a las ventajas de la institución, y no basándose en las críticas a las (supuestas) actuaciones ilícitas de uno de sus titulares, y mucho menos cuando no hay nada que objetar al actual titular, y sí mucho bueno que afirmar del titular anterior, del que ahora empiezan a conocerse actuaciones que (de ser ciertas) son sin duda reprobables. Lo incoherente es que algunos de los que critican que la titularidad de la jefatura del Estado sea hereditaria, parecen considerar que sí está bien que se hereden las responsabilidades políticas. Lo peor es que desde una institución constitucional como el Gobierno alguien defienda que los hijos respondan por los padres (bueno, solo algunos) y que la actuación de una persona justifique la supresión de otra institución constitucional como la Corona.

 

P.D. 1. Este escrito se publicó en La Tribuna de Toledo el viernes 31 de julio, antes de conocer la noticia de la salida del rey Juan Carlos del palacio de la Zarzuela para residir en el extranjero. Nada que añadir a lo ya escrito tras esta noticia. Mi único comentario es que toda esta situación debe separarse de la valoración de la institución monárquica. Y que, desde luego, se equivocan quienes piensan que con esta medida se logrará que cesen los ataques a la institución. Como se ha visto de inmediato, quienes tienen como objetivo, precisamente en este momento, el acabar con la monarquía parlamentaria recogida en la Constitución de 1978, no cesarán. Es paradójico que quienes más insistían en la necesidad de medidas inmediatas (que no se aplican cuando ellos mismos son investigados por presuntos actos ilícitos), son los que más han criticado este paso. Desprestigiar y “acabar” políticamente con don Juan Carlos es, para ellos, solo un primer paso para luego hacer lo propio con Felipe VI. Y de este modo, sabiendo que carecen de la mayoría necesaria para convertir a España en República por las vías constitucionales, hacerlo por la vía fáctica del “derribo” y abandono del monarca, tratando de seguir los antecedentes de 1868 y 1931. Aunque creo que nuestro sistema constitucional es lo suficientemente fuerte, y contiene las previsiones necesarias para dar salida a cualquier situación que se presente. Solo mediante la reforma constitucional tendremos una III República, si el pueblo soberano lo quiere. Y si no, eso no se producirá. 

P.D. 2. Siendo “El Miradero” una columna fija en La Tribuna de Toledo, ya que este medio no se publicará en papel en el mes de agosto, dejaré de publicar estas contribuciones durante el presente mes, sin perjuicio de expresar mis opiniones por esta vía, si lo considero oportuno. En septiembre retomaré, con mi regularidad habitual, mi columna semanal, que seguiré publicando por esta vía. 

P.D. 3. A petición del diario “La Voz de Galicia” he escrito un artículo sobre la figura del rey Juan Carlos I, que compartiré por esta vía en cuanto se publique.


(Fuente de la imagen: https://okdiario.com/espana/sanchez-respaldara-salida-del-rey-emerito-zarzuela-si-lo-pide-felipe-vi-5974964 ) 

jueves, 23 de julio de 2020

Y a pesar de todo, Europa

Y a pesar de todo… Europa

 



            Mis lectores más asiduos saben que son europeísta convencido, no solo porque siempre he creído en el proyecto europeo, sino también porque pienso que para España ha sido y es sumamente positivo. Acaso, como ya he escrito alguna vez, formar parte de Europa haya sido lo mejor que nos ha sucedido en toda la Edad Contemporánea, junto al sistema constitucional que nos dimos en 1978. Dicho lo anterior, tampoco he ocultado los “peros”, las decepciones y las desesperaciones que han acompañado y acompañan a este proceso, tan ilusionante como lento, a veces aburrido y casi siempre altamente burocratizado. Y en los últimos años no llevábamos muy buena racha. El proyecto parece estancado en muchos sentidos, desde el fracaso de la Constitución Europea, y desde el mucho más modesto Tratado de Lisboa no se aprecian pasos adelante significativos. Al contrario el Brexit no ha dejado de suponer una decepción, y tras una gran crisis económica, hemos tenido que afrontar la actual crisis múltiple provocada por el coronavirus, que desde el punto de vista del proyecto europeo estaba suponiendo un auténtico “sálvese quien pueda”, caracterizado por la falta de medidas comunes, y la vuelta al protagonismo de una soberanía estatal que siempre ha estado ahí, y que ha provocado la inmediata recuperación (aunque sea temporal) de todas las fronteras interiores, y la vuelta plena a cada Estado como centro de decisión, sin que se apreciase coordinación por ningún lado. 

 

            En este contexto, creo que en la reciente cumbre para planificar la recuperación económica y adoptar las medidas necesarias de financiación, la Unión Europea se la jugaba por completo. No se habría recuperado del golpe que habría supuesto la falta de acuerdo. Y en efecto, una vez más, Europa ha estado ahí. El acuerdo puede calificarse sin duda como histórico, y enormemente positivo desde el punto de vista de la cohesión y la solidaridad europea. Dicho esto, todo ha sucedido… como suele suceder en Europa. Reuniones extenuantes, negociaciones intensas, defensa acérrima inicial de posturas aparentemente irreconciliables, y finalmente… acuerdo in extremis, en el que nadie consigue exactamente lo que se proponía, pero con el que todos pueden estar razonablemente satisfechos. Para España, creo que podemos valorarlo en una posición intermedia entre el triunfalismo absoluto de unos, y las críticas a toda costa de otros. Resultan bastante aburridas esas posiciones extremas, y más valdría explicar con rigor y objetividad el acuerdo. Se consigue una financiación sin precedentes, pero desde luego hay que devolver una parte, hay condiciones, controles… y hay un sistema de posibles frenos siempre abierto. Así que, aunque el acuerdo es positivo, el verdadero éxito vendrá si se ejecuta bien y se emplean los fondos con rigor y con medidas creíbles y productivas. Creo honestamente que es el momento de dejar de lado la “tentación populista” tan presente en parte de este Gobierno y en alguno de sus socios, y gestionar estos fondos para una verdadera recuperación, desde el acuerdo entre los partidos constitucionalistas (que son, al tiempo, los más europeístas). Será la mejor fórmula para cumplir las exigencias y superar los controles que, sin duda, nos van a aplicar desde Europa, pero también para una salida real de esta crisis económica en España. 


(Fuente de la imagen: https://www.elperiodico.com/es/economia/20200423/cumbre-union-europea-acuerdo-creacion-fondo-reconstruccion-crisis-coronavirus-7938676 )

viernes, 17 de julio de 2020

Coherencia

Coherencia



 

            Ha pasado poco más de un mes desde que el Gobierno afirmaba solemnemente que no había plan B o alternativa posible al estado de alarma, y no solo en el confinamiento estricto que vivimos desde el 14 de marzo, sino incluso en las llamadas fases del “desconfinamiento”, que terminaron en algunos territorios con el levantamiento anticipado (diríamos que “de facto”) del estado de alarma, e incluso con la supresión de los límites provinciales en algunas Comunidades, quedando por tanto solo los propios límites autonómicos hasta el mismo día en el que entraba el verano. Pues bien, desde esa fecha, y sin estado de alarma alguno, hemos visto cómo algunos Gobiernos autonómicos han establecido verdaderos límites o fronteras territoriales, cercando zonas en las cuales viven cientos de miles de personas, y a las que con carácter general no se puede entrar ni salir. Incluso, más allá de eso, hemos llegado a ver cómo un Gobierno autonómico establece un confinamiento estricto en determinadas zonas, y viendo cómo un juez lo desautoriza, pretende imponerlo por decreto-ley. Tratándose del Gobierno de Cataluña, no sorprende en absoluto que actúe como si la Constitución y las leyes del Estado no estuvieran vigentes en ese territorio. Pero lo que no deja de llamar la atención es que sea el propio Gobierno del Estado el que dé por buenas estas actuaciones. Hace pocos días, el ministro de Sanidad afirmaba que la regulación de Cataluña no se extralimitaba, añadiendo expresamente que “lo importante es actuar para frenar el brote, y todo lo que no sea esto, desenfoca”. Al parecer, el Estado de Derecho se sustituye en caso de pandemia por un régimen maquiavélico en el que el fin justifica cualquier medio. Todo lo que esté encaminado a luchar contra el virus hay que darlo por bueno, con independencia de que respete nuestra legislación, el sistema de fuentes y los procedimientos establecidos. 

 

            No cabe ocultar que hay un debate jurídico muy interesante sobre el tipo de medidas restrictivas de derechos que requieren la declaración de un estado excepcional, y las que pueden adoptarse con apoyo en la legislación específica, y dentro de estas, sobre las que puede acordar el Estado y las que pueden ser aprobadas por las Comunidades Autónomas, o incluso municipios. Ahí se pude discrepar, y los tribunales tendrán seguramente la última palabra. Pero lo que no vale es precisamente el “todo vale”. Hay que ser un poco más coherentes. Yo he sostenido que el confinamiento estricto va más allá incluso de las previsiones legales sobre el estado de alarma, pero este estado es necesario si se van a establecer “fronteras” interiores o límites amplios y generales a la libertad de circulación. Fuera de estos casos, la legislación sectorial (que perfectamente se podría ya haber reformado para permitir una cobertura más clara) legitima actuaciones concretas sobre personas afectadas o sus contactos más estrechos, pero creo que poco más. Habrá casos dudosos (por ejemplo, el confinamiento de un edificio residencial o de un hotel) que también cabría entender incluidos, pero otra cosa es un límite territorial que afecta de forma generalizada a centeneras de miles de personas. Entiendo, en todo caso, que caben otros posicionamientos, pero al menos hay que exigir rigor, coherencia, y un mínimo criterio estable por parte de las autoridades. Lo que no valía ayer, no puede valer hoy. 


(Fuente de la imagen: https://www.eldia.es/nacional/2020/07/14/gobierno-avala-decreto-torra-confinar/1094279.html )

jueves, 9 de julio de 2020

¿Naturalizar el insulto?

¿Naturalizar el insulto?

 



            Si me tuviera que dedicar a aclarar, puntualizar o rectificar, todas las afirmaciones que nuestros responsables políticos hacen y que son cuestionables o incorrectas desde una perspectiva constitucional, no escribiría de otra cosa. Pero lo que dice un vicepresidente del Gobierno, en una comparecencia que hace en tal condición, y desde la Moncloa, tiene un carácter oficial y una relevancia especial. Y en los últimos días hemos escuchado afirmaciones que, basándose en medias verdades, vienen a tergiversar los derechos fundamentales, y que se enmarcan en una tendencia a desvirtuar su sentido. Estos nacieron como derechos del ciudadano frente al Estado, pero parece que ahora se invocan  exactamente al revés, como derechos de los poderes públicos ante los ciudadanos. Es verdad que esa configuración inicial de los derechos ha ido evolucionando, y hoy se reconoce de forma casi generalizada la posibilidad de ejercicio de los derechos frente a particulares; e incluso, en algún supuesto como la tutela judicial efectiva, la titularidad por parte de entidades públicas. Además, y por supuesto, como personas físicas, los titulares de los diversos poderes públicos tienen libertad de expresión. Pero para los poderes públicos (que lógicamente se “expresan” a través de personas físicas), esa libertad no puede invocarse como tal. Por ello, no me parece admisible reclamar el “derecho” de los miembros del Gobierno, como tales, a criticar duramente a ciudadanos con nombres y apellidos. Y decir, además, que esto es algo consustancial a la democracia. 

 

Ahí hay que decir rotundamente que no. Que, sin perjuicio de los derechos individuales de alguien cuando actúa como particular, lo que es un pilar de la democracia no es que los poderes públicos critiquen duramente, o incluso amenacen veladamente, a los medios de comunicación privados o a los periodistas independientes, sino exactamente lo contrario: que los medios puedan criticar al poder político. Utilizar la idea del “cuarto poder” para tratar de equiparar, en su posición jurídico-política, a la prensa con el Gobierno, o incluso para defender el supuesto “derecho” del Gobierno a arremeter contra la prensa independiente, es pervertir las reglas del juego democrático. Por supuesto, la cosa es mucho más grave si, además, se viene a defender un supuesto derecho a insultar a través de las redes sociales; o un deber de soportar el insulto que, además, habría que “naturalizar”. Si hay un ejemplo “de libro” de lo que no permite nunca a nadiela libertad de expresión, este es el insulto. Una afirmación de este tipo, realizada en acto y sede oficial por el vicepresidente, merecería una inequívoca rectificación del presidente, y no solo la expresión (loable) de expresa discrepancia por parte de una sola ministra.


(Fuente de la imagen: https://www.que.es/ultimas-noticias/iglesias-ve-legitima-la-critica-a-los-periodistas-y-defiende-naturalizar-el-insulto.html )

jueves, 2 de julio de 2020

El "codito"

El “codito”




 


            Con total sinceridad, he de decir que este saludo de “codito” que se ha popularizado en esta “nueva normalidad” como forma de llevar a cabo un mínimo contacto físico sin arriesgarse al contagio del coronavirus, me parece francamente ridículo. Se comprende perfectamente que no se pueden mantener los apretones de manos, besos y abrazos tan comunes en nuestra cultura. Pero el golpe de codo no me parece la fórmula ideal para sustituirlos. Para empezar, obliga a una especie de contorsión antinatural. Para seguir, requiere una pericia mayor que nuestros saludos tradicionales, pues hay que colocarse en una posición precisa, a una distancia adecuada, y luego propiciar el contacto con la intensidad idónea (ni muy fuerte, ni casi sin llegar a tocarse). Si falla alguno de estos aspectos, aparte de magnificarse el ridículo, puede llegar a ponerse en riesgo si no la salud, sí la integridad física, o a incluso moral. Que ya me ha pasado que el que saluda no mide las fuerzas, el codito se convierte en “codazo”, y eso ahí, en el mismo pico del codo, como “pille el punto”, te puede hacer ver las estrellas…

 

            Dicho lo anterior, y como ya puede suponer el lector, confieso que he practicado el saludo “de codo” en no pocas ocasiones. Primero de todo, los amigos son los amigos, y no se puede echar un “jarro de agua fría” a quien se aproxima con todo entusiasmo y alegría a saludarte. De hecho, a veces el codo ha sido un mal menor ante quien, contra todo pronóstico y contra todas las reglas, parecía abalanzarse hacia mí con inequívoca intención de darme un beso o la mano, como si nada hubiera pasado. A eso hay que añadir que, una vez que he visto que el rey lo utiliza con profusión, y con su habitual espontaneidad, he asumido que esto puede incorporarse al manual de estilo y de buen gusto sin mayores problemas (aunque me sigue pareciendo ridículo, si lo hace el rey será un ridículo protocolario). Con todo, sigo pensando que habría -y todavía hay- otras alternativas. Sin tocarse, que no sé por qué la gente tiene tanta manía con tocarse… Por ejemplo, decir “hola”, “¿cómo estás?” o incluso, si la situación lo requiere y para no parecer informal “buenos días tenga usted”. En suma, utilizar el lenguaje oral, que permite multitud de opciones, simples o refinadas. O incluso, para quienes tienen la manía de hacer un gesto o acompañar las palabras con gestos, me pareció ideal desde el inicio el “namasté”, con las palmas de las manos pegadas, que practican en la India y otras culturas orientales. Lo tiene todo. No me había atrevido a proponerlo, porque algunos lo considerarán exótico en nuestra cultura, pero ahora he visto que lo han practicado Merkel y Macron, así que todo es posible. Lo sugiero como alternativa simple y elegante...



(Fuente de las imágenes: https://www.hola.com/realeza/casa_espanola/20200521168377/rey-felipe-saludo-codo/ y https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/06/29/economia/1593450537_755030.html )

viernes, 26 de junio de 2020

El momento de la "brocha fina"

El momento de la “brocha fina”

 



            Casi no acabamos de salir del estado de alarma, cuando la aparición de los temidos “rebrotes” de la epidemia vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la cobertura jurídica adecuada para posibles medidas que haya que ir adoptando, si la situación lo requiere (que parece que lo va a requerir). A la pregunta de si haría falta de nuevo el estado de alarma para afrontar esta situación, la respuesta una vez más será “depende del tipo de medidas que se quieran implantar”. Desde que se viene diciendo, ya habría habido tiempo para introducir algunas reformas en la legislación sobre protección a la salud, que den una cobertura más clara a concretas medidas, ya que hasta ahora las habilitaciones son demasiado genéricas, e interpretadas de conformidad con la Constitución y el resto del ordenamiento, creo que no permitirían la adopción de medidas restrictivas generales. Con todo, creo que ni con esas reformas podría considerarse lícita una limitación tan general como la “recuperación” de las fronteras provinciales, o incluso la prohibición generalizada de entrar o salir en comarcas o zonas más concretas. Eso requeriría (aunque la cuestión es controvertida, expreso mi opinión) una nueva declaración del estado de alarma, que no necesariamente tiene que abarcar todo el territorio de la nación, ni de una comunidad autónoma o provincia, sino que puede ser -de hecho, debe ser, según el principio de necesidad, y el carácter excepcional de este estado- aplicado solamente a las zonas que lo requirieran, y en la medida que así fuera. Por eso creo que ha hecho bien Aragón en imponer algunas restricciones, dentro de su ámbito competencial, pero en limitarse a “desaconsejar” la entrada y salida en las zonas afectadas. Es sabido que Cataluña ya procedió anteriormente al establecimiento de fronteras internas en algún lugar determinado, pero parece que Cataluña va por libre…

 

            En todo caso, creo que en este momento la necesaria lucha contra un virus que en modo alguno nos ha abandonado debe requerir, con carácter general, medidas más selectivas, centradas sobre todo en las personas contagiadas y en sus contactos. Ello supone, obviamente, la aplicación amplia de medios de los que hasta ahora carecíamos, pero que se supone que hoy sí tenemos, empezando, desde luego, por la aplicación de pruebas o test fiables, y de métodos de “rastreo” del virus y su contagio. Las medidas del confinamiento, e incluso de la desescalada, aunque fueran razonables y no arbitrarias, generaron múltiples situaciones concretas absurdas e injustificadas. Eran medidas motivadas por la premura, y aplicadas con “brocha gorda”. Llega ahora, si verdaderamente hemos aprendido y avanzado algo, el momento de la “brocha fina”. 


(Fuente de la imagen: https://fotos01.levante-emv.com/mmp/2020/06/25/1024x341/nueva-normalidad-buenas-noticias.jpg )

jueves, 18 de junio de 2020

“Trata de arrancarlo”

“Trata de arrancarlo”




 

            El jurado de los premios Princesa de Asturias ha decidido otorgar a Carlos Sainz el premio del presente año en la categoría de Deporte, y no solo me parece merecido, sino que es de esas alegrías que de alguna manera (por supuesto totalmente injustificada) siento como propia. Ahora todo el mundo va a recordar, con justicia, la proeza que supone haber ganado dos mundiales de rallies, y luego de ser campeón tres veces del Dakar, cada una con un coche de una marca distinta, y la última no precisamente en edad joven. Pero lo más importante son los valores que un deportista debe transmitir. Por ello el jurado ha destacado con acierto, además de su espléndida carrera como piloto, su “gran espíritu de superación y competitivo combinado con el esfuerzo, la disciplina y la solidaridad”. Y por eso yo, si tengo que elegir un momento en el que estos valores, y algunos otros, se pusieron de manifiesto, es el que representan esos minutos fatales del rally de Inglaterra en 1998, en los que, teniendo prácticamente ganado el mundial, su coche se paró a unos centenares de metros de la meta, y no hubo manera de arrancarlo, perdiendo la pareja Sainz-Moya el título mundial por este infortunio, totalmente ajeno a su voluntad.

 



     Es verdad que Sainz ha perdido otros rallies que lideraba por culpa también de circunstancias desafortunadas o accidentes. Es cierto, desde luego, que hemos vivido otras circunstancias deportivas de derrotas fatales, inmerecidas y difícilmente explicables, como cuando, por no salir del mundo del motor, Fernando Alonso perdió en la última carrera un mundial de Fórmula 1 por un claro error de estrategia de Ferrari. Y vaya, soy del Atleti, así que sé de minutos 93, y de finales de Champions perdidas en prórrogas, en penaltis, o en la repetición del partido (pero no de ninguna, por cierto, perdida en los 90 minutos reglamentarios…). Pero aquella escena de 1998 me sigue pareciendo una de las mayores fatalidades deportivas que puedan producirse. Ahora, volviendo a verla, creo que transmite, acaso mejor que los momentos de gloria, algunos de los valores que encarna Sainz. Luis Moya gritaba una y otra vez “trata de arrancarlo”, entre otras imprecaciones y “lindezas” que es mejor no transcribir, poco antes de arrojar con fuerza su casco contra el propio Toyota Corolla que les había jugado esa mala pasada.  Nada que objetar, de hecho creo que yo habría reaccionado más o menos así. Pero mientras, Sainz, visiblemente contrariado, estaba en silencio “digiriendo” la amarga situación. Pero más que cómo encaró ese momento, lo valioso es cómo se sobrepuso a él, y a tantos otros tragos amargos que le ha dado el deporte. Esa actitud, la de levantarse una y mil veces sin rendirse, es el mejor ejemplo que puede dar un deportista. Sigue siempre así, Carlos. 


(Fuente de las imágenes: https://elcorreoweb.es/el-decano-deportivo/polideportivo/carlos-sainz-premio-princesa-de-asturias-de-los-deportes-2020-NI6684906 y https://www.marca.com/deporte/100-momentos/trata-arrancarlo-carlos-rally.html )