jueves, 1 de diciembre de 2016

Condiciones para la reforma

Condiciones para la reforma



            Algunos llevamos años destacando la conveniencia de una reforma constitucional, y aprovechamos especialmente cada vez que se acerca el aniversario de su aprobación para dar difusión a esta idea. Pero hay que reconocer que en ocasiones lo hacíamos, como en el título del libro de Ángel González, “sin esperanza, con convencimiento”. Ahora, sin embargo, parece que algunas condiciones han cambiado. Se acaba de estrenar una nueva legislatura, e incluso tenemos un Gobierno que no está en funciones. Nadie tiene mayoría. En estas condiciones puede suceder lo peor o lo mejor. Puede que se produzca un bloqueo que impida la acción legislativa y de gobierno, y que conduciría irremediablemente, más pronto que tarde, a nuevas elecciones. O puede que algunos partidos sean capaces de entenderse en aspectos básicos, comenzando por los presupuestos para 2017, siguiendo por grandes pactos en materias básicas, entre las que parece prioritaria la educación, y siguiendo por la reforma constitucional. Habríamos logrado, entonces, hacer de la necesidad virtud. Visto así, quién sabe, puede que ahora tengamos las mejores condiciones de los últimos años para la reforma constitucional.

            Aunque yo he dicho siempre que el consenso no suele ser el punto de partida, sino el de llegada, para que esto se produzca conviene ir estableciendo las bases, lo que implica preguntarse por qué reformar, qué reformar, y en qué línea ha de ir la reforma. Porque creo que no se trata de que haya que reformar porque las nuevas generaciones tengan (tengamos, pues yo, que ya no presumo de joven, tampoco pude votar la Constitución de 1978) el deber de hacer una nueva Constitución (basta analizar la Constitución más longeva del mundo, la de Estados Unidos, para comprender que las cosas “no funcionan así” necesariamente en el ámbito constitucional); ni, desde luego, porque la Constitución vigente haya fracasado, ya que, antes al contrario, nos ha permitido disfrutar –y no es un tópico aunque lo parezca- del período de democracia más sólida y consolidada, y de mayor prosperidad, de toda nuestra historia contemporánea. Más bien hay que reformar, simplemente, porque hay cosas que pueden funcionar mejor, aspectos que conviene actualizar, cuestiones en las que conviene profundizar en una democracia más participativa. Todo ello, siendo plenamente conscientes de que la reforma, por sí misma, no garantiza ni la felicidad, ni la prosperidad económica y social, ni siquiera una democracia absoluta y pura en la que no hubiera condicionamiento alguno en la toma de decisiones populares. Lo anterior nos conduce a sugerir una actualización de la declaración de derechos, una mejora de su sistema de garantías, elementos que faciliten una mayor participación popular y, sobre todo, una más intensa comunicación entre electores y representantes; aspectos institucionales importantes como el Senado, el sistema electoral, la limitación de los mandatos o la sucesión en la Corona. Y, desde luego (y a nadie se le oculta que esto es lo más peliagudo) una reforma de la distribución territorial del poder que permita conseguir un encaje más satisfactorio de las partes y el todo, sin merma de que la soberanía ha de mantenerse en el pueblo español. Para empezar, cada partido debería explicitar sus propuestas y sus líneas, y así podríamos contrastar, y tal vez descubramos que hay más acuerdos iniciales de los imaginados, y sobre todo que conviene iniciar el camino.    

(fuente de la imagen: http://www.derechoconstitucional.es/2012/02/procedimiento-agravado-de-reforma.html)  


jueves, 24 de noviembre de 2016

Telediarios

Telediarios



La consideración de lo que es noticioso es siempre subjetiva, y por tanto cuestionable. Cada medio puede tener sus propios criterios para seleccionar noticias, y evidentemente la propia decisión de descartar algunas informaciones, elegir otras, así como la importancia que se dé a las elegidas, no es en absoluto neutra. Vivimos en la era de la globalización, en la que la accesibilidad a los medios para emitir y recibir información es inmensa, convirtiendo casi a cada persona en un medio de comunicación. Pero precisamente por ello, la responsabilidad de los profesionales debe ser mayor, al igual que su compromiso con la veracidad y el rigor informativo. Aun así, en los medios privados el margen de decisión es mayor, sin perjuicio del deber de actuar con responsabilidad; pero en los medios públicos los criterios para la selección de la información han de ser más estrictos, más comprometidos con el concepto de servicio público, menos dependientes de la demanda y más preocupados de la formación de una opinión informada, responsable y crítica. Y, desde luego, totalmente desvinculados de toda orientación política, algo que sin embargo los medios privados pueden tener.


Pero creo que muchas veces la programación de los medios públicos no responde a esta idea. Y particularmente, una emisora de televisión como La Primera de TVE parece bastante alejada de ella. Su programación se elige la mayor parte de las veces con criterios comerciales, lo cual, si tenemos en cuenta que en principio no utiliza la publicidad, no deja de ser una competencia desleal que además pagamos entre todos. La 2, en cambio, puede aproximarse más a lo que se espera de una televisión pública. Pero quiero centrarme especialmente en los telediarios de La Primera, y me voy a referir sobre todo a la cuestión del tipo de noticias y la importancia que se da a cada una de ellas. Tras las obligadas informaciones políticas, llega un batiburrillo de noticias pretendidamente sociales, culturales y deportivas, en las que en realidad pocas veces se aprecia el interés público (que como ya he sugerido, no es lo mismo que lo que demanda el público, porque aquí todo el mundo dice que le gustan mucho los documentales, pero lo más visto es casi siempre la telebasura). Ahí ocupa un gran protagonismo el fútbol, en particular si a Cristiano le duele un dedo, o Messi se ha ido de vacaciones, o cualquier entrenador ha hecho cualquier comentario intrascendente, nuestra televisión pública (al igual que muchas privadas) lo glosa con pelos y señales. Luego viene lo aproximadamente cultural, casi siempre circunscrito a conciertos de música o estrenos de cine, que no digo yo que eso no sea cultura, pero no creo que lo sea más que eventos académicos relevantes sobre historia, humanidades, ciencia o tecnología, que casi nunca merecen mención, salvo que acudan los reyes a inaugurarlos (y a veces ni eso). A continuación entra un anecdotario de curiosidades, que pocas veces tienen verdadera trascendencia. Luego casi siempre las cámaras salen a la calle a preguntar a los ciudadanos sobre las cuestiones más baladíes, y nunca se olvidan de contarnos con todo lujo de detalles e imágenes demostrativas si hace frío en invierno, o calor en verano. Pero peor que todo esto es la publicidad encubierta de los propios productos mediáticos de Televisión Española, que resulta escandalosa por lo exagerada. Cada vez que se estrena una serie, los telediarios informan durante semanas, y el reencuentro de los primeros “triunfitos” ocupó  porcentajes absolutamente inadmisibles en un informativo que debiera estar regido por el criterio del servicio público. Hay que revisar eso a fondo.

(fuente de la imagen: http://www.estrelladigital.es/articulo/television/telediario-tve-traspapelan-papeles-panama/20160406103620279414.html)

jueves, 17 de noviembre de 2016

Mirando mi pasaporte

Mirando mi pasaporte



            Las páginas de los pasaportes españoles representan diversas especies de animales, con mapas que reflejan sus recorridos de miles y miles de kilómetros. Mariposas que se desplazan de Centroamérica a Canadá, o de África al Asia central, aves que van desde el Ártico al continente africano, cachalotes que recorren los mares del norte, murciélagos que van desde Europa a Asia. Viendo estas páginas, pienso qué instinto mueve a esas bandadas de aves que he podido ver recientemente sobre el cielo de Toledo, conformando una flecha que apunta al sur, para cruzar nuestra península durante estos días de noviembre, al presentir los próximos rigores del frío europeo. Pienso también en ese “gen inquieto” que, más o menos acusado, tenemos quienes formamos parte de la especie “homo sapiens”, nómadas por naturaleza, desde nuestro origen africano hasta nuestra expansión por todo el planeta. Solo lo que he llamado “la revolución del confort”, es decir la que se produjo en el Neolítico (acaso la única verdadera revolución, en la medida en que conllevó una transformación radical de nuestra forma de vida), mitigó un poco las manifestaciones externas de ese carácter, convirtiéndonos en sedentarios para tratar de asegurar el sustento, la estabilidad emocional y familiar, así como una pacífica vida en comunidad, naciendo así eso que llamamos “civilización”. Pero esa revolución, si consideramos los cientos de miles de años de vida de nuestra especie, se produjo como quien dice antes de ayer. Y ahí sigue ese deseo de desplazarse, ya sea por necesidad, por curiosidad, por placer o por negocio. Más recientemente (algo así como ayer por la tarde) nacen los Estados modernos como estructura política propia de la comunidad nacional, y ahí aparece el concepto moderno de frontera, distinto a aquel “limes” del imperio que separaba la civilización de la barbarie, el orbe de lo desconocido; y distinto también al contorno de las limitadas dimensiones de los feudos medievales. Un concepto, en todo caso, que tampoco se entendería si no hubiera personas que quisieran traspasarlas.


            Mirando mi pasaporte, veo sellos y visas de diversos lugares, y recuerdo las horas empleadas en ir y venir, las tensiones de los aeropuertos, las horas de espera en una fila para entrar en algún Estado, los controles con preguntas surrealistas, los registros, los cuestionarios que me preguntan si estuve vinculado al régimen nazi entre 1933 y 1945, la cámara del escáner que nos muestra desnudos… Sé que, aunque parezca paradójico, en esta época de la globalización y las integraciones supranacionales, la superación de “fronteras internas” dentro de ámbitos regionales como la Unión Europea, no solo tropieza con dificultades constantes, sino que viene acompañada por el reforzamiento de fronteras externas que intentan preservar un ámbito de mediana prosperidad y separarlo de la pobreza y la necesidad. Pero aunque sé eso, mirando mi pasaporte me pregunto si veremos en este siglo un mundo en el que esas fronteras que ahora parecen alzarse con fuerza, consagrando la desigualdad, desaparezcan. Y me permito soñar (a fin de cuentas, soñar es gratis) con un mundo en el que todos seamos como las mariposas que se desplazan de Centroamérica a Canadá, sin saber nada de fronteras políticas ni de controles. Esas mariposas que veo en mi pasaporte, simbolizando quizá el viaje. Un viaje que, si pudiéramos hacer como ellas… no necesitaría de pasaporte alguno.