jueves, 17 de diciembre de 2020

Delibes

 

Delibes



 

           Mi infancia son recuerdos… de niños que se criaban en gélidos inviernos en los que el hielo jamás se derrite en Ávila; de personas humildes que vivían en cuevas en la dura Castilla de la postguerra, y comían ratas; de aquel hombre que vivía en su pueblo totalmente ajeno a la política; de aquella mujer que mientras lloraba el cadáver de su marido mostraba todas las tribulaciones que la había generado toda una vida dedicada a él y una sociedad cerrada que la oprimía… Pero como puede deducir el lector, todos estos recuerdos no son de situaciones o escenarios que yo hubiera vivido directamente, sino de la lectura de La sombra del ciprés es alargada, Las ratas, El disputado voto del señor Cayo, o Cinco horas con Mario, entre las varias obras de Miguel Delibes que “devoré” en aquellos años, y en otros posteriores. Tanto me encantaba, que junto a Camilo José Cela y a la generación del 98 (en especial Unamuno, Baroja y Machado), y a algunos iberoamericanos como García Márquez o Vargas Llosa, Delibes se encuentra entre los autores que más he leído, más me han gustado y más han marcado mi vida.

 

            Recibió en vida prácticamente todos los premios literarios de relevancia, excepto el Nobel, y de alguna manera creo que el Cela fue un premio a esa “generación” de la que ambos fueron los autores más destacados. Delibes, además de  su valor literario y de su manejo proverbial del idioma, tiene el mérito de haber logrado ser a la vez conservador y progresista, porque yo creo que, en efecto, hay cosas que conviene conservar, y otras que hay que cambiar. Así, siempre le preocupó la preservación del mundo natural y de nuestro ambiente rural. Fue una persona enamorada la “descansada vida” de quien “huye del mundanal ruido”, y de los valores positivos que se encierran en las más profundas tradiciones de una forma de vivir cuya desaparición él ya comenzó a ver. Pero a la vez, me parece que resultó absolutamente pionero en tantos aspectos que hace décadas apenas se vislumbraban. Fue auténticamente “medioambientalista” (o quizá “conservacionista”, mejor en todo caso que ecologista) cuando a la naturaleza la llamábamos “el campo”; supo mostrar el alma de la mujer de su época (por ejemplo a través del personaje de Carmen en Cinco horas con Mario) cuando nadie hablaba de la “perspectiva de género”; tuvo desde hace muchas décadas una sincera y profunda preocupación por lo que ahora algunos llaman ridículamente “la España vaciada”. Reflejó como nadie los valores de austeridad y nobleza que encarna Castilla. Por tantos motivos, y con el deseo de fomentar su lectura, este último “miradero” del año de su centenario va dedicado al gran Delibes.

(Fuente de la imagen: Miguel Delibes - Wikipedia, la enciclopedia libre )

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