jueves, 17 de marzo de 2016

El rey y la investidura

El rey y la investidura


          
       A lo largo de este larguísimo proceso de formación de Gobierno no pocas veces me han comentado (alumnos, ciudadanos, incluso algunos medios) que esta situación novedosa y compleja debe de ser apasionante para un constitucionalista. Suelo responder que, como “banco de pruebas” esto sería fascinante si se estuviera produciendo en un país remoto. Pero tratándose de España, por encima de todo esto está la preocupación de quien sabe que esta situación de incertidumbre e inestabilidad no resulta muy deseable. Dicho lo cual, es innegable que, desde el punto de vista constitucional, los especialistas estamos encontrando en unos pocos meses “casos prácticos” reales, que hasta ahora eran meras especulaciones, supuestos de laboratorio, o incluso situaciones ni siquiera imaginadas. Baste pensar en la cuestión de si el Gobierno en funciones debe someterse al control parlamentario, a la que acaso nos refiramos otro día. Porque hoy quiero centrarme brevemente en otro punto, como es el del papel del rey en el proceso de investidura. Es claro que nuestra Constitución instaura una monarquía parlamentaria, en la cual los actos del rey (salvo excepciones muy puntuales que no vienen al caso), están sometidos siempre a refrendo, de tal manera que el jefe del Estado no asume responsabilidad alguna por ellos. Y esto es así porque tampoco adopta ninguna decisión política, ya que dichos actos son debidos, y no implican ningún margen de apreciación por el monarca, sino en su caso por el órgano refrendante, que es quien asume constitucionalmente la responsabilidad.


Estando esto claro, el debate doctrinal giraba precisamente en torno a la propuesta de investidura a presidente del Gobierno, pues mientras algunos autores han afirmado siempre que en esta hipótesis, y en caso de resultados electorales no muy concluyentes, era evidente el margen de apreciación del rey, otros lo negaban también en este supuesto, bien porque establecían criterios muy estrictos y casi matemáticos sobre cuál ha de ser el orden de propuesta de candidatos, bien porque, reconociendo un cierto margen de apreciación, lo atribuían al presidente del Congreso como órgano que refrenda. En este caso, una vez más la realidad ha superado a toda especulación, pues además de resultados inciertos, nos hemos encontrado con un ofrecimiento rechazado por el líder del partido con más votos y escaños; con una propuesta oficial, encarnada en el candidato del segundo partido, que ha sido rechazada por el Congreso, y con una situación posterior en la que parece reinar la incertidumbre. Yo, que siempre he dicho que el rey está obligado a proponer al candidato que tenga previsiblemente más apoyos en el Congreso, no puedo dejar de constatar que esta regla deja un margen de apreciación al monarca. No solo, y no tanto, sobre el candidato, sino sobre todo respecto a los pasos a dar, y en particular sobre las rondas de consultas, su número, momento y oportunidad. Y este margen no le corresponde al presidente del Congreso, sino al propio monarca. En mi opinión, lo ha hecho con excelente criterio y gran oportunidad. Tanto cuando decidió iniciar una segunda ronda tras el rechazo de Rajoy, como ahora que, tras el rechazo del Congreso a la investidura de Sánchez, ha decidido no iniciar nueva ronda hasta que no se vea una propuesta clara, que ha de partir de los propios partidos. Por eso se equivocan quienes apuntan que ellos “esperarán la propuesta del rey” para saber quién debe ser candidato. Pero bueno, ahora lo que me interesa destacar es el acierto de Felipe VI a la hora de utilizar el margen de apreciación (escaso, pero existente) que la Constitución le da.  
(fuente de la imagen: http://noticias.lainformacion.com/politica/elecciones/presidente-Congreso-Rey-investidura-Sanchez_0_895411876.html)

jueves, 10 de marzo de 2016

Permítanme que insista

Permítanme que insista


            
Aunque soy más bien “de letras”, la misma noche electoral del 20-D hice cuentas, y al día siguiente publiqué un artículo propugnando un Gobierno que, con uno u otro formato y con una u otra presidencia, tuviera el apoyo de PP, PSOE y Ciudadanos. Casi tres meses después, y tras una investidura ofrecida (que no propuesta) y no aceptada por el candidato, y otra rechazada por el Congreso, y demasiados errores y torpezas cometidos por demasiados representantes políticos, creo que, acaso con menos fe pero no con menos convicción, hay que insistir en que esa es la única salida que evitaría unas nuevas elecciones con un resultado probablemente similar, que nos conduciría a una especie de deja vu de meses y meses en los que todos repiten machaconamente lo mismo. Desde mi punto de vista, los acontecimientos conducen a reafirmar la conveniencia de un acuerdo en esta línea, y quizá lo único que ha cambiado es que cada vez parece más claro que dicho pacto no debe conducir a un Gobierno presidido por ninguno de los dos que se han empecinado precisamente en hacer inviable cualquier opción que no sea la de presidir ellos, es decir, Rajoy y Sánchez. Así que habrá que buscar a otro candidato, pero eso después. Las razones que siguen aconsejando este acuerdo ya las expuse, y pueden sintetizarse en la imposibilidad de un Gobierno apoyado por un solo partido o por dos (excepto la combinación PP-PSOE, que se antoja imposible sin la mediación de C´s), o de un pacto que incluya a la vez a C´s y Podemos; en lo pernicioso que sería un Gobierno con el apoyo explícito o implícito de los independentistas; en que la combinación que propongo sería la única capaz de reformar la Constitución; y en que los tres partidos mencionados, a pesar de sus diferencias notorias en algunos aspectos, son los que más tienen en común en las cuestiones esenciales, que son las de sistema.


            Pero para ello habría que evitar algunas de las prácticas que insistentemente vemos cada día. Para empezar, no se debe comenzar un Gobierno por la persona del presidente o por el reparto de ministerios, sino por el programa. Y aunque es verdad que nuestro procedimiento de investidura parece apuntar a lo contrario, ya que empieza con la propuesta del candidato que habrá de ser presidente, el margen que ha dado el rey al no iniciar nueva ronda de consultas facilitará una manera de actuar más adecuada. En segundo lugar, resultan patéticas las discusiones de estos últimos días sobre quién ha de llevar la iniciativa, quién tiene que llamar a quién, sobre si un candidato puede sumar a su grupo a todos los diputados de otro grupo para exigir liderar él el Gobierno; o sobre si los candidatos o comisiones negociadoras han de reunirse de dos en dos, de tres en tres o de cuatro en cuatro. Lo importante es sentarse y negociar, y creo para llegar un acuerdo entre tres es mucho más fácil sentarse desde el principio los tres. Por último, resulta absurdo exigir que la base de cualquier acuerdo sea precisamente un pacto previo alcanzado solo por dos, del que fueron excluidos quienes ahora se pide que lo apoyen, y que ha sido ampliamente rechazado en el Congreso. Hay, sin duda, algunos puntos muy positivos y razonables en ese pacto entre PSOE y C´s, que sin duda han de permanecer en un hipotético programa conjunto final, pero eso es algo muy diferente a convertir ese pacto en un bloque inalterable al cual los demás solo puedan adherirse, o solo añadir pero no modificar nada. En fin, hay opciones, pero con discusiones bizantinas sobre procedimiento o sobre candidatos, las mismas se alejan cada día.

(fuente de la imagen: http://www.periodistadigital.com/24por7/futbol/2015/03/15/sabes-de-que-equipo-de-futbol-son-pablo-iglesias-mariano-rajoy-pedro-sanchez-o-albert-rivera.shtml)

martes, 1 de marzo de 2016

La Corona partida

La Corona partida


            En su día realicé, en este mismo espacio, un comentario de la serie “Isabel”, y hace algunas semanas hice lo propio con “Carlos, rey emperador”, y en ambos casos la valoración general fue positiva, así que no podía perderme “La Corona partida”, que de alguna manera sirve de “enlace” entre ambas series, aunque esta vez se ha elegido el formato largometraje y la proyección en cines. La película abarca así el período de tiempo que medió entre la muerte de Isabel y la de Fernando, en los inicios del siglo XVI. Buena parte de los actores son los mismos que ya vimos en “Isabel”, así que el espectador que haya seguido esa serie se familiariza rápidamente con los personajes. Por lo demás, en líneas generales me parece que mantiene las virtudes de ambas series, consistentes, en mi humilde opinión: 1) en un enfoque riguroso, que aunque no esté necesariamente apegado a los hechos históricos en la medida en que puede permitirse cierto grado de especulación o “imaginación”, no  contradice nunca esos hechos conocidos; 2) en una visión compleja, pluridimensional y lo más desapasionada posible de los personajes, que huye de todo maniqueísmo para permitir al espectador contemplar las luces y las sombras de cada uno de ellos, para tratar de ubicar al espectador en el contexto de la época, intentando que, lejos de juzgar, justificar o criticar al personaje, por encima de todo le entienda; y 3) un notable trabajo de guion, dirección, vestuario y ambientación (a pesar del moderado presupuesto), efectos digitales y, sobre todo, de actores y actrices.  

            Especificando un poco más, en “La Corona partida” destacaría desde luego, en lo cinematográfico, el trabajo de Rodolfo Sancho (Fernando), Raúl Merida (Felipe I), o Eusebio Poncela (Cisneros) pero acaso por encima de ambos el gran papel de Irene Escolar encarnando a Juana I. Sin duda la película tiene algo de “obra coral” con un cierto equilibrio entre los protagonistas, pero Irene brilla con luz propio ayudándonos a entender a un personaje tan apasionante como complejo. En lo que sería más estrictamente histórico, y sin desvelar a posibles espectadores nada que no se deba de la película, cabe apuntar el tratamiento de episodios históricamente no del todo aclarados como la muerte de Felipe en Burgos, en los que se permite que el espectador imagine, pero no se elabora una teoría realmente diferente de la “oficial”. Pero también desde esta perspectiva me parece que destaca el análisis que la película hace de la toledana reina Juana. Creo sinceramente que uno de los aspectos que más debate han generado entre historiadores y escritores, como es el de si realmente tenía alguna patología psiquiátrica, y en su caso cuál o de qué modo le afectaba, no había sido resuelto satisfactoriamente hasta ahora por el cine. En efecto, hasta ahora las películas (al igual que algunos simplistas análisis escritos) se debatían entre su simple consideración de loca e incluso su ridiculización, en algunos casos, o la explicación que daba la película de Vicente Aranda, en la que su pasión y su mal de celos parecían explicarlo todo, resultando un personaje demasiado unidimensional. “La Corona partida” nos muestra a una Juana desde luego irascible y cuyas reacciones violentas eran frecuentes; y también a una Juana celosa y muy enamorada de su marido, todo lo cual es sabido por la historia. Pero también a un personaje plenamente consciente de su papel y del significado de la Corona, que aunque nunca estuvo realmente interesada por el poder o la gestión de los asuntos públicos, tampoco quiso dañar jamás a la Corona ni a los territorios sobre los que reinó. Toda una rehabilitación de un personaje apasionante.      

(Imagen tomada de http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-238045/)