viernes, 5 de enero de 2024

Ciudades de Europa: Bruselas

 

Ciudades de Europa: Bruselas

 


 

         Así, en principio, una ciudad cuyo símbolo más conocido es una pequeña estatua de menos de medio metro de un niño haciendo pis (que ahora tiene su réplica femenina, y hasta canina…) no parece un lugar particularmente sugerente. La cosa no resulta mucho más atractiva si se piensa que, en general, resulta bastante anodina, además de tener ese aspecto burocrático y monótono que le da el ser sede de uno de los aparatos administrativos más grandes y aparentemente aburridos del mundo como es la Unión Europea, y eso por no hablar de la OTAN. Si añadimos un clima húmedo, frío y bastante gris, cerraríamos un panorama de una ciudad cuya visita no resultaría especialmente apetecible, máxime si consideramos que es la capital de un país lleno de contradicciones, pero también con atractivos turísticos tan potentes como Brujas, y está a menos de 300 kilómetros de una ciudad tan exclusiva y preciosa como París. Pero, dicho esto…

 

            Dicho esto, Bruselas tiene un centro pequeño pero encantador, dominado por la incomparable Grand Place, ante la que es imposible no caer rendido. Posee una catedral gótica más que estimable, y las instituciones europeas (en especial, la sede del Parlamento) son, en sí mismas, un motivo para la visita turística y cultural. Tiene otros lugares de visita imprescindible y que son referencia mundialmente conocida, como el Atomium. Y, sobre todo, dentro de lo que en esta serie más destaco siempre, es una ciudad agradable y en la que, más allá de su ambiente aparentemente plano, no faltan tampoco interesantes y sorprendentes lugares para comer, salir, o tomar una copa. No diré que su gastronomía sea en general una referencia mundial, pero la verdad es que de vez en cuando no deja de resultar muy apetecible una buena cena de mejillones de gran calidad con patatas fritas, y si luego se termina con un buen gofre de chocolate como postre, todo mejora de forma manifiesta. Así que la cosa se va poniendo mejor… pero lo que realmente culmina todo esto y la hace única es la enorme variedad y calidad de cervezas que se puedan consumir. En este aspecto es, sin duda, uno de los mejores lugares del mundo. Cervezas de todo tipo de tono, graduación, color, maduración, cervezas añejas o criadas en roble… Incluso hay un tipo de copa para cada cerveza. Bruselas es la capital de un país que hace de la “cultura de la cerveza” uno de sus pilares. Hay quien dice, sin demasiada exageración, que lo único que une a este país variado y heterogéneo - compuesto por dos comunidades diferentes en casi todo- es la monarquía y la cerveza. Así que, después de lo dicho, se entiende que Bruselas es un lugar interesante que hay que visitar y al que hay que regresar. Yo siempre lo he pasado muy bien en esta ciudad.

 

Guerra y los Machado

 

Guerra y los Machado

 


            Últimamente venimos escuchando reiteradamente voces tan autorizadas como las de Felipe González y Alfonso Guerra, que critican la deriva que está adoptando el Partido Socialista y su actual líder y presidente del Gobierno, en no pocos aspectos, y en especial los relativos a sus pactos con los partidos independentistas, que van a conllevar de momento, si nadie lo remedia, la aprobación de una ley de amnistía que solo puede entenderse como un “peaje” para alcanzar la presidencia del Gobierno a cambio de los votos de los amnistiados, y más tarde, según parece derivarse de los acuerdos escritos, la creación de comisiones de investigación parlamentarias para supervisar la actuación judicial, y acaso -quién podría negarlo y quién creería a quién lo niegue- un referéndum de autodeterminación o independencia. Nunca entro en estas columnas en consideraciones de mera política partidista, pero me parece que hay un hecho que nos afecta a todos, como es la práctica imposibilidad de consensos entre dos los partidos supuestamente más moderados y centrados. Desde luego, puede haber muchas causas por las cuales este consenso no es posible, pero escuchando a Alfonso Guerra (y otras veces a Felipe González) parece claro que una de ellas, y ni mucho menos la menos trascendente, es que el Partido Socialista hoy no está, ni se le espera, en la búsqueda real de este consenso. Si hubiera dudas, basta escuchar a un candidato a presidente que justifica la amnistía porque “hay que hacer de la necesidad, virtud” ya que la única alternativa sería un Gobierno de derechas. Es decir, que en este punto ya nunca puede haber alternancia, y solo hay democracia cuando gobierna la izquierda, pero claro, entraríamos aquí en que la democracia sería un imposible lógico, ya que esta requiere que haya verdaderamente alternativas de gobierno y de mayorías. En fin, jamás habíamos escuchado a un candidato a presidente en su discurso de investidura decir que hay que construir un muro que separe a la derecha. No se qué lugar queda para el consenso.

            Creo que las manifestaciones que hizo Alfonso Guerra entrevistado en “El hormiguero” por Pablo Motos demuestran que mantiene una posición valiente y leal con España y con su propio partido político, ante la preocupante deriva actual. Hizo además una alusión que me pareció emblemática de la idea de consenso y reconciliación, como es su participación en un homenaje a los dos hermanos Machado, Manuel y Antonio, como sabemos distanciados políticamente y de algún modo representantes de esas dos Españas que tanto costó reconciliar, y que ahora algunos quizá quieren volver a enfrentar.   

 

(Fuente de la imagen:  https://www.20minutos.es/noticia/5192781/0/alfonso-guerra-hormiguero-donde-se-ha-visto-que-las-leyes-las-redacten-los-delincuentes/)

La España constitucional

 

La España constitucional

 


         Creo que la inmensa mayor parte de las personas que nos hemos manifestado no lo hemos hecho en apoyo a un partido político. Y tampoco en contra de otro. Ni siquiera hemos salido a la calle porque se pretenda aprobar una ley que creemos inconstitucional: sobre esto siempre puede opinarse, y no suele ser causa de manifestaciones, sino más bien de debates jurídicos; y por lo demás, todos los años el Tribunal Constitucional declara inconstitucionales algunas leyes y nada de ello pone en peligro el propio sistema constitucional. Lo que pasa es que aquí hay algo más, y no hace falta saber Derecho Constitucional para apreciarlo. Aquí hay una amenaza a algunos de los pilares fundamentales del sistema constitucional, como la separación de poderes, la independencia judicial, la igualdad entre todos los españoles ante la ley, el derecho a la tutela judicial efectiva, entre otros. Y, lo que es peor, estas amenazas descansan en un presupuesto inaceptable, como es la asunción de culpas por parte del Estado por haber impedido que, en su día, el llamado proceso independentista consiguiera sus objetivos por la vía de la ruptura constitucional.

 

            En realidad, no es la primera amenaza de este tipo que sufre nuestro sistema constitucional, que ha demostrado su fortaleza para superar todas ellas. En 1981, en 2017, nuestro sistema superó sendos ataques frontales, gracias a la actuación conjunta de muchas instituciones y de la mayoría del pueblo. Centrándonos en esta última fecha, fue el Gobierno, el Senado, el monarca, el poder judicial y la mayoría del pueblo español (incluyendo una gran parte del pueblo de Cataluña) quienes, cada quien desde su posición, consiguieron preservar el sistema y derrotar el proceso que pretendía destruirlo ilegalmente. Ahora se pretende cambiar el relato que quede para la Historia, pidiendo perdón por una actuación correcta y lícita, ante quienes sí quebrantaron el ordenamiento. Pero la situación actual no puede resultar más grave y preocupante: esta vez uno de los partidos mayoritarios, para mantenerse en el Gobierno, no tiene reparo en aceptar el relato de quienes agredieron al sistema constitucional y pretenden seguir haciéndolo. Pero yo no creo que la inmensa mayor parte de sus votantes y simpatizantes hayan abandonado la España constitucional, entre otras cosas porque lo que votaron era manifiestamente lo contrario a esto. Cabe preguntarse si se valora más conservar el Gobierno o preservar esa España constitucional hoy amenazada.  

 

(Fuente de la imagen:  https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/miles-personas-llenan-plaza-zocodover-toledo-amnistia-20231112124731-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F )

El árbol vivo y argumentación constitucional

 

El árbol vivo y argumentación constitucional

 


 

            Estos días estamos llevando a cabo unas interesantísimas jornadas sobre justicia constitucional en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, y lo puedo decir porque yo no tengo ningún mérito en ese interés, que deriva de la calidad de las exposiciones de los ponentes, y a la actitud activa y participativa de los asistentes. Hablamos sobre la jurisprudencia constitucional sobre el derecho a la vida, y especialmente las recientes sentencias de 2023. Es verdad que no pueden dejar de “colarse” algunas preguntas sobre la amnistía, que no es lo mismo que la eutanasia y por tanto no tiene demasiado que ver con el tema principal; se entiende por la actualidad de la cuestión, pero en términos de justicia constitucional poco y no muy reciente hay sobre esa cuestión, y en cambio mucho y bastante trascendente sobre la vida. Por supuesto, hay todo tipo de opiniones, que tratan de contribuir a que cada cursante se forme la suya propia. También es verdad que las diferencias hoy, al menos en términos constitucionales -y probablemente también en el debate social-, no parecen tan intensas como hace años, y así hemos podido comprobar cómo en un tema tan arduo y en el que suelen pesar tanto concepciones morales como el aborto, las principales diferencias entre el magistrado que nos ha contado la posición mayoritaria del TC (Juan Carlos Campo) y el firmante de un voto particular (Enrique Arnaldo) no está en la constitucionalidad de la regulación, con la que todos parecen estar de acuerdo, sino en cuestiones aparentemente más de detalle, como la información, la objeción de conciencia o la consideración de la interrupción del embarazo como derecho fundamental.

            Y es aquí donde quiero detenerme, porque no deja de llamar la atención que, existiendo un acuerdo relativamente amplio en que, siendo la cuestión polémica y los valores y derechos constitucionales en juego generales y abiertos, sea el legislador quien lleve a cabo la ponderación que considere adecuada, mientras esta no vacíe ninguno de los principios en juego. En cambio, convertir la opción del legislador en la única constitucionalmente posible es una operación innecesaria, preocupante, y que no se ha argumentado de una forma mínimamente sólida. Varios ponentes han incidido en la idea: parece que baste apelar a la metáfora de la Constitución como un “árbol vivo”, tomada de la Corte Suprema de Canadá, para que el Tribunal Constitucional desarrolle o complete sus preceptos en el sentido que -sin mucha legitimidad para ello- considere más acorde con el sentir social del momento. Se ha dicho -a mi juicio con acierto- que esto no es interpretar la ley de conformidad con la Constitución, sino al revés, la Constitución de acuerdo con la ley. Yo creo que es una forma absurda e innecesaria de juntar en las mismas decisiones los dos extremos en los que no debe incurrir la justicia constitucional: deferencia (extrema) con todo lo que hace la mayoría parlamentaria de cierto signo, pero activismo judicial que niega la discrecionalidad al legislador futuro.

 

(Fuente de la imagen:  https://www.rtve.es/noticias/20221220/directo-tribunal-constitucional-reacciones-ultima-hora/2412320.shtml)

sábado, 4 de noviembre de 2023

Elucidaciones del Evangelio

Elucidaciones del Evangelio




            No sé si es una afición personal, cosa de unos pocos friquis, o una tendencia más generalizada; pero la verdad es que de siempre me ha dado por interpretar la Biblia, y en especial los Evangelios, y cuestionar las enseñanzas derivadas de las visiones más dogmáticas o tradicionales. Así, por ejemplo, siempre me gustó la interpretación que mi profesor de economía hacía de la parábola en la que el propietario de la tierra pagaba lo mismo al que llevaba trabajando todo el día, que al que contrataba a última hora, lo cual, lejos de ser injusto, sería la consecuencia lógica de la aplicación de la ley de rendimientos decrecientes del trabajo, si es que la curva de esta ley estaba todavía en su fase ascendente. El caso es que, cuando vi que Ángel Carrasco Perera había publicado un libro titulado Elucidaciones del Evangelio (Círculo Rojo, 2022), lo compré y leí, despacio y volviendo a veces a algunos pasajes, a la primera oportunidad. Desde luego, el interés por el libro no solo derivaba de la temática y el enfoque, sino también del conocimiento de su autor. Ángel Carrasco fue primero mi profesor, y luego mi compañero en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, y aunque mis temas de interés no suelen aproximarme demasiado al Derecho Civil (área en la que él es catedrático), he leído y hablado lo suficiente con él como para considerarle uno de los profesores más inteligentes y sagaces con los que cuenta nuestra comunidad académica. 

            El librito (apenas 102 páginas, que condensan conocimientos y reflexiones muy profundas), no me decepcionó en absoluto. Está estructurado en varios capítulos (Advocación, Milagros, Misión, Palabra, Redención, Justicia…), cada uno de los cuales contiene a su vez breves pensamientos o reflexiones, apenas unos párrafos sobre cada una de las ideas, frases o temas que el autor toma de los Evangelios. Carrasco resume muy bien su sentido cuando nos dice que “(s)egún el lector, esta obra será valorada como apologética, irreverente, devota o debeladora, ensañada o sublimada por quien no llegó a creer o descreer lo suficiente”. Y aunque no sea fácil resumir la idea central o hilo conductor del mensaje del autor, yo percibo en este una profunda admiración por el Jesús de Nazareth, pero al tiempo un cuestionamiento de muchos de sus aspectos y comportamientos, y sobre todo de muchas de las interpretaciones habituales del Evangelio. Su visión, interesantemente subjetiva, es demasiado humana; acaso la de una persona que, negándose a admitir que algo pueda escaparse a su capacidad de entendimiento o que algo pueda ser aprehendido por la fe, trata de encontrar siempre un sentido, original y heterodoxo. No cabe aquí el acuerdo ni el desacuerdo, y en todo caso, la obra no puede ser más sugerente, y por tanto no puede ser más recomendable.     


(Fuente de la imagen: https://www.amazon.es/Elucidaciones-Evangelio-%C3%81ngel-Carrasco-Perera/dp/8411591859 ) 

 

La belleza de un símbolo

La belleza de un símbolo




 

            Símbolo, según el Diccionario, es un “elemento u objeto material que, por convención o asociación, se considera representativo de una entidad, de una idea, de una cierta condición, etc.”. Cuando esa entidad o idea encarna valores positivos o bien algo que debe generar un sentimiento colectivo de empatía o identificación, estamos ante los símbolos políticos, que resultan imprescindibles para mantener esa identificación, ese sentimiento colectivo, y en definitiva para que cualquier comunidad se preserve, identifique y sienta como tal. García Pelayo escribió el que probablemente siga siendo uno de los mejores ensayos sobre mitos y símbolos políticos, y destacada esa imprescindible función de expresión de una identidad colectiva. Por supuesto, si lo representado es positivo, o al menos se considera como tal por una comunidad determinada, el símbolo adecuado debe ser atractivo, hermoso, estéticamente agradable, o al menos ser percibido como tal por la mayoría que se sienta representada o identificada con dicho símbolo. Y aunque es evidente que la identificación se genera tanto o más por el significado que por el significante, nunca cabe ignorar ni soslayar la importancia de símbolos agradables o bellos. 

 

            De entre todos los símbolos nacionales, la Constitución se refiere solo a la bandera, aunque no dice expresamente que esta sea un símbolo; y al rey, al que sí denomina expresamente “símbolo de la unidad y permanencia” del Estado, del que es jefe. La misma norma fundamental se refiere también en varias ocasiones al príncipe heredero, que “tendrá la dignidad de príncipe de Asturias”, y que al cumplir la mayoría de edad prestará un juramento, que es de tanta importancia que la Constitución le dedica un artículo para indicar que será igual que el que presta el rey al ser proclamado ante las Cortes Generales, añadiendo eso sí el juramento de fidelidad al rey. En las últimas semanas, tanto en la fiesta nacional como en la entrega de los premios Princesa de Asturias, la princesa Leonor ha tenido un papel importante, que anticipa el solemne juramento que prestará el día 31 de octubre. Por su presencia y saber estar cumple a la perfección ese papel simbólico que desempeñará plenamente cuando sea reina. Bello es lo que “por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por ext., al espíritu”, pero también aquello “bueno, excelente”. Desde luego, los republicanos racionales seguirán siéndolo a pesar de todo esto; pero los republicanos razonables creo que no dejarán de reconocer que quien hoy encarna la Corona y quien lo hará en el futuro desempeñan de forma difícilmente superable esa función de símbolo excelente.


(Fuente de la imagen:https://www.elcorreo.com/politica/desfile-dia-fiesta-nacional-imagenes-20231012112013-garc.html#imagen3 )

Deseo, consentimiento, voluntad libre

Deseo, consentimiento, voluntad libre


 



            En el interesantísimo curso de verano que la UCLM ha ofrecido en Cuenca sobre “Pornografía y derechos” hemos debatido sobre muchas cuestiones, y entre otras sobre el papel del deseo y su relación con el consentimiento. No cabe duda de que el deseo es una fuerza cuya importancia es enorme, hasta el punto de que muchas veces tiene gran protagonismo protagonismo en nuestra toma de decisiones. Y acaso por ello hay quien tiende a entender que difícilmente puede consentirse “de verdad” algo que no se desea, y por tanto ese consentimiento formal no sería realmente libre, o no formaría parte de la voluntad, cuando lo que se consiente es algo que no se desea. Pero ni siquiera desde esa perspectiva de qué es lo que realmente queremos (o el menos qué es lo que realmente consentimos) me parece que el deseo tenga tanta relevancia. Y, por supuesto, no creo que deba tenerla en términos jurídicos. Es perfectamente posible desear algo (o a alguien) y sin embargo no consentir (ni siquiera querer) tener relaciones sexuales con esa persona, de la misma manera que es perfectamente posible consentir, aceptar, incluso querer esas relaciones, a pesar de no sentir deseo alguno. También se puede desear cualquier tipo de relación, pero no quererla por no considerarla conveniente, adecuada, o incluso moralmente aceptable, igual que se puede desear un dulce, pero no quererlo. Claro que puede haber supuestos dudosos o fronterizos, que plantearían si se puede consentir válidamente algo que objetivamente causa daño o dolor… 

            Al hilo de esto volví a reflexionar sobre el concepto de libertad, ya que obviamente la clave de qué tipo de consentimiento o de voluntad debe resultar protegida por el derecho tiene que ver con la cuestión de si la decisión adoptada puede considerarse libre. Y es verdad que durante mucho tiempo el derecho ha formalizado excesivamente la idea de la voluntad libre, dando por bueno por ejemplo todo lo que alguien acepta mediante contrato o ante un notario, a pesar de que no siempre fuera lo realmente querido. Así, las leyes de horarios máximos o salarios mínimos fueron durante un tiempo, hace un siglo, declaradas inconstitucionales porque supuestamente atentaban contra la libertad. Hoy eso nos parecería cínico, pero estamos en riesgo de pasar el extremo opuesto, según el cual toda decisión que se ha adoptado de forma más o menos condicionada por circunstancias, como el pago o remuneración económica u otros factores sociales o de poder que la afectan no podría considerarse libre. Pero si así fuera, prácticamente nada de lo que haceos cada día, desde levantarnos en horas tempranas cuando suena nuestro despertador hasta el propio trabajo, sería un acto realmente libre.