viernes, 17 de julio de 2020

Coherencia

Coherencia



 

            Ha pasado poco más de un mes desde que el Gobierno afirmaba solemnemente que no había plan B o alternativa posible al estado de alarma, y no solo en el confinamiento estricto que vivimos desde el 14 de marzo, sino incluso en las llamadas fases del “desconfinamiento”, que terminaron en algunos territorios con el levantamiento anticipado (diríamos que “de facto”) del estado de alarma, e incluso con la supresión de los límites provinciales en algunas Comunidades, quedando por tanto solo los propios límites autonómicos hasta el mismo día en el que entraba el verano. Pues bien, desde esa fecha, y sin estado de alarma alguno, hemos visto cómo algunos Gobiernos autonómicos han establecido verdaderos límites o fronteras territoriales, cercando zonas en las cuales viven cientos de miles de personas, y a las que con carácter general no se puede entrar ni salir. Incluso, más allá de eso, hemos llegado a ver cómo un Gobierno autonómico establece un confinamiento estricto en determinadas zonas, y viendo cómo un juez lo desautoriza, pretende imponerlo por decreto-ley. Tratándose del Gobierno de Cataluña, no sorprende en absoluto que actúe como si la Constitución y las leyes del Estado no estuvieran vigentes en ese territorio. Pero lo que no deja de llamar la atención es que sea el propio Gobierno del Estado el que dé por buenas estas actuaciones. Hace pocos días, el ministro de Sanidad afirmaba que la regulación de Cataluña no se extralimitaba, añadiendo expresamente que “lo importante es actuar para frenar el brote, y todo lo que no sea esto, desenfoca”. Al parecer, el Estado de Derecho se sustituye en caso de pandemia por un régimen maquiavélico en el que el fin justifica cualquier medio. Todo lo que esté encaminado a luchar contra el virus hay que darlo por bueno, con independencia de que respete nuestra legislación, el sistema de fuentes y los procedimientos establecidos. 

 

            No cabe ocultar que hay un debate jurídico muy interesante sobre el tipo de medidas restrictivas de derechos que requieren la declaración de un estado excepcional, y las que pueden adoptarse con apoyo en la legislación específica, y dentro de estas, sobre las que puede acordar el Estado y las que pueden ser aprobadas por las Comunidades Autónomas, o incluso municipios. Ahí se pude discrepar, y los tribunales tendrán seguramente la última palabra. Pero lo que no vale es precisamente el “todo vale”. Hay que ser un poco más coherentes. Yo he sostenido que el confinamiento estricto va más allá incluso de las previsiones legales sobre el estado de alarma, pero este estado es necesario si se van a establecer “fronteras” interiores o límites amplios y generales a la libertad de circulación. Fuera de estos casos, la legislación sectorial (que perfectamente se podría ya haber reformado para permitir una cobertura más clara) legitima actuaciones concretas sobre personas afectadas o sus contactos más estrechos, pero creo que poco más. Habrá casos dudosos (por ejemplo, el confinamiento de un edificio residencial o de un hotel) que también cabría entender incluidos, pero otra cosa es un límite territorial que afecta de forma generalizada a centeneras de miles de personas. Entiendo, en todo caso, que caben otros posicionamientos, pero al menos hay que exigir rigor, coherencia, y un mínimo criterio estable por parte de las autoridades. Lo que no valía ayer, no puede valer hoy. 


(Fuente de la imagen: https://www.eldia.es/nacional/2020/07/14/gobierno-avala-decreto-torra-confinar/1094279.html )

jueves, 9 de julio de 2020

¿Naturalizar el insulto?

¿Naturalizar el insulto?

 



            Si me tuviera que dedicar a aclarar, puntualizar o rectificar, todas las afirmaciones que nuestros responsables políticos hacen y que son cuestionables o incorrectas desde una perspectiva constitucional, no escribiría de otra cosa. Pero lo que dice un vicepresidente del Gobierno, en una comparecencia que hace en tal condición, y desde la Moncloa, tiene un carácter oficial y una relevancia especial. Y en los últimos días hemos escuchado afirmaciones que, basándose en medias verdades, vienen a tergiversar los derechos fundamentales, y que se enmarcan en una tendencia a desvirtuar su sentido. Estos nacieron como derechos del ciudadano frente al Estado, pero parece que ahora se invocan  exactamente al revés, como derechos de los poderes públicos ante los ciudadanos. Es verdad que esa configuración inicial de los derechos ha ido evolucionando, y hoy se reconoce de forma casi generalizada la posibilidad de ejercicio de los derechos frente a particulares; e incluso, en algún supuesto como la tutela judicial efectiva, la titularidad por parte de entidades públicas. Además, y por supuesto, como personas físicas, los titulares de los diversos poderes públicos tienen libertad de expresión. Pero para los poderes públicos (que lógicamente se “expresan” a través de personas físicas), esa libertad no puede invocarse como tal. Por ello, no me parece admisible reclamar el “derecho” de los miembros del Gobierno, como tales, a criticar duramente a ciudadanos con nombres y apellidos. Y decir, además, que esto es algo consustancial a la democracia. 

 

Ahí hay que decir rotundamente que no. Que, sin perjuicio de los derechos individuales de alguien cuando actúa como particular, lo que es un pilar de la democracia no es que los poderes públicos critiquen duramente, o incluso amenacen veladamente, a los medios de comunicación privados o a los periodistas independientes, sino exactamente lo contrario: que los medios puedan criticar al poder político. Utilizar la idea del “cuarto poder” para tratar de equiparar, en su posición jurídico-política, a la prensa con el Gobierno, o incluso para defender el supuesto “derecho” del Gobierno a arremeter contra la prensa independiente, es pervertir las reglas del juego democrático. Por supuesto, la cosa es mucho más grave si, además, se viene a defender un supuesto derecho a insultar a través de las redes sociales; o un deber de soportar el insulto que, además, habría que “naturalizar”. Si hay un ejemplo “de libro” de lo que no permite nunca a nadiela libertad de expresión, este es el insulto. Una afirmación de este tipo, realizada en acto y sede oficial por el vicepresidente, merecería una inequívoca rectificación del presidente, y no solo la expresión (loable) de expresa discrepancia por parte de una sola ministra.


(Fuente de la imagen: https://www.que.es/ultimas-noticias/iglesias-ve-legitima-la-critica-a-los-periodistas-y-defiende-naturalizar-el-insulto.html )

jueves, 2 de julio de 2020

El "codito"

El “codito”




 


            Con total sinceridad, he de decir que este saludo de “codito” que se ha popularizado en esta “nueva normalidad” como forma de llevar a cabo un mínimo contacto físico sin arriesgarse al contagio del coronavirus, me parece francamente ridículo. Se comprende perfectamente que no se pueden mantener los apretones de manos, besos y abrazos tan comunes en nuestra cultura. Pero el golpe de codo no me parece la fórmula ideal para sustituirlos. Para empezar, obliga a una especie de contorsión antinatural. Para seguir, requiere una pericia mayor que nuestros saludos tradicionales, pues hay que colocarse en una posición precisa, a una distancia adecuada, y luego propiciar el contacto con la intensidad idónea (ni muy fuerte, ni casi sin llegar a tocarse). Si falla alguno de estos aspectos, aparte de magnificarse el ridículo, puede llegar a ponerse en riesgo si no la salud, sí la integridad física, o a incluso moral. Que ya me ha pasado que el que saluda no mide las fuerzas, el codito se convierte en “codazo”, y eso ahí, en el mismo pico del codo, como “pille el punto”, te puede hacer ver las estrellas…

 

            Dicho lo anterior, y como ya puede suponer el lector, confieso que he practicado el saludo “de codo” en no pocas ocasiones. Primero de todo, los amigos son los amigos, y no se puede echar un “jarro de agua fría” a quien se aproxima con todo entusiasmo y alegría a saludarte. De hecho, a veces el codo ha sido un mal menor ante quien, contra todo pronóstico y contra todas las reglas, parecía abalanzarse hacia mí con inequívoca intención de darme un beso o la mano, como si nada hubiera pasado. A eso hay que añadir que, una vez que he visto que el rey lo utiliza con profusión, y con su habitual espontaneidad, he asumido que esto puede incorporarse al manual de estilo y de buen gusto sin mayores problemas (aunque me sigue pareciendo ridículo, si lo hace el rey será un ridículo protocolario). Con todo, sigo pensando que habría -y todavía hay- otras alternativas. Sin tocarse, que no sé por qué la gente tiene tanta manía con tocarse… Por ejemplo, decir “hola”, “¿cómo estás?” o incluso, si la situación lo requiere y para no parecer informal “buenos días tenga usted”. En suma, utilizar el lenguaje oral, que permite multitud de opciones, simples o refinadas. O incluso, para quienes tienen la manía de hacer un gesto o acompañar las palabras con gestos, me pareció ideal desde el inicio el “namasté”, con las palmas de las manos pegadas, que practican en la India y otras culturas orientales. Lo tiene todo. No me había atrevido a proponerlo, porque algunos lo considerarán exótico en nuestra cultura, pero ahora he visto que lo han practicado Merkel y Macron, así que todo es posible. Lo sugiero como alternativa simple y elegante...



(Fuente de las imágenes: https://www.hola.com/realeza/casa_espanola/20200521168377/rey-felipe-saludo-codo/ y https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/06/29/economia/1593450537_755030.html )

viernes, 26 de junio de 2020

El momento de la "brocha fina"

El momento de la “brocha fina”

 



            Casi no acabamos de salir del estado de alarma, cuando la aparición de los temidos “rebrotes” de la epidemia vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la cobertura jurídica adecuada para posibles medidas que haya que ir adoptando, si la situación lo requiere (que parece que lo va a requerir). A la pregunta de si haría falta de nuevo el estado de alarma para afrontar esta situación, la respuesta una vez más será “depende del tipo de medidas que se quieran implantar”. Desde que se viene diciendo, ya habría habido tiempo para introducir algunas reformas en la legislación sobre protección a la salud, que den una cobertura más clara a concretas medidas, ya que hasta ahora las habilitaciones son demasiado genéricas, e interpretadas de conformidad con la Constitución y el resto del ordenamiento, creo que no permitirían la adopción de medidas restrictivas generales. Con todo, creo que ni con esas reformas podría considerarse lícita una limitación tan general como la “recuperación” de las fronteras provinciales, o incluso la prohibición generalizada de entrar o salir en comarcas o zonas más concretas. Eso requeriría (aunque la cuestión es controvertida, expreso mi opinión) una nueva declaración del estado de alarma, que no necesariamente tiene que abarcar todo el territorio de la nación, ni de una comunidad autónoma o provincia, sino que puede ser -de hecho, debe ser, según el principio de necesidad, y el carácter excepcional de este estado- aplicado solamente a las zonas que lo requirieran, y en la medida que así fuera. Por eso creo que ha hecho bien Aragón en imponer algunas restricciones, dentro de su ámbito competencial, pero en limitarse a “desaconsejar” la entrada y salida en las zonas afectadas. Es sabido que Cataluña ya procedió anteriormente al establecimiento de fronteras internas en algún lugar determinado, pero parece que Cataluña va por libre…

 

            En todo caso, creo que en este momento la necesaria lucha contra un virus que en modo alguno nos ha abandonado debe requerir, con carácter general, medidas más selectivas, centradas sobre todo en las personas contagiadas y en sus contactos. Ello supone, obviamente, la aplicación amplia de medios de los que hasta ahora carecíamos, pero que se supone que hoy sí tenemos, empezando, desde luego, por la aplicación de pruebas o test fiables, y de métodos de “rastreo” del virus y su contagio. Las medidas del confinamiento, e incluso de la desescalada, aunque fueran razonables y no arbitrarias, generaron múltiples situaciones concretas absurdas e injustificadas. Eran medidas motivadas por la premura, y aplicadas con “brocha gorda”. Llega ahora, si verdaderamente hemos aprendido y avanzado algo, el momento de la “brocha fina”. 


(Fuente de la imagen: https://fotos01.levante-emv.com/mmp/2020/06/25/1024x341/nueva-normalidad-buenas-noticias.jpg )

jueves, 18 de junio de 2020

“Trata de arrancarlo”

“Trata de arrancarlo”




 

            El jurado de los premios Princesa de Asturias ha decidido otorgar a Carlos Sainz el premio del presente año en la categoría de Deporte, y no solo me parece merecido, sino que es de esas alegrías que de alguna manera (por supuesto totalmente injustificada) siento como propia. Ahora todo el mundo va a recordar, con justicia, la proeza que supone haber ganado dos mundiales de rallies, y luego de ser campeón tres veces del Dakar, cada una con un coche de una marca distinta, y la última no precisamente en edad joven. Pero lo más importante son los valores que un deportista debe transmitir. Por ello el jurado ha destacado con acierto, además de su espléndida carrera como piloto, su “gran espíritu de superación y competitivo combinado con el esfuerzo, la disciplina y la solidaridad”. Y por eso yo, si tengo que elegir un momento en el que estos valores, y algunos otros, se pusieron de manifiesto, es el que representan esos minutos fatales del rally de Inglaterra en 1998, en los que, teniendo prácticamente ganado el mundial, su coche se paró a unos centenares de metros de la meta, y no hubo manera de arrancarlo, perdiendo la pareja Sainz-Moya el título mundial por este infortunio, totalmente ajeno a su voluntad.

 



     Es verdad que Sainz ha perdido otros rallies que lideraba por culpa también de circunstancias desafortunadas o accidentes. Es cierto, desde luego, que hemos vivido otras circunstancias deportivas de derrotas fatales, inmerecidas y difícilmente explicables, como cuando, por no salir del mundo del motor, Fernando Alonso perdió en la última carrera un mundial de Fórmula 1 por un claro error de estrategia de Ferrari. Y vaya, soy del Atleti, así que sé de minutos 93, y de finales de Champions perdidas en prórrogas, en penaltis, o en la repetición del partido (pero no de ninguna, por cierto, perdida en los 90 minutos reglamentarios…). Pero aquella escena de 1998 me sigue pareciendo una de las mayores fatalidades deportivas que puedan producirse. Ahora, volviendo a verla, creo que transmite, acaso mejor que los momentos de gloria, algunos de los valores que encarna Sainz. Luis Moya gritaba una y otra vez “trata de arrancarlo”, entre otras imprecaciones y “lindezas” que es mejor no transcribir, poco antes de arrojar con fuerza su casco contra el propio Toyota Corolla que les había jugado esa mala pasada.  Nada que objetar, de hecho creo que yo habría reaccionado más o menos así. Pero mientras, Sainz, visiblemente contrariado, estaba en silencio “digiriendo” la amarga situación. Pero más que cómo encaró ese momento, lo valioso es cómo se sobrepuso a él, y a tantos otros tragos amargos que le ha dado el deporte. Esa actitud, la de levantarse una y mil veces sin rendirse, es el mejor ejemplo que puede dar un deportista. Sigue siempre así, Carlos. 


(Fuente de las imágenes: https://elcorreoweb.es/el-decano-deportivo/polideportivo/carlos-sainz-premio-princesa-de-asturias-de-los-deportes-2020-NI6684906 y https://www.marca.com/deporte/100-momentos/trata-arrancarlo-carlos-rally.html )

jueves, 11 de junio de 2020

Hay Corpus

Hay Corpus




 

            Este año, los toldos no han dado sombra a las calles por las que transcurre el recorrido procesional, pero como ha mostrado una viñeta de Toni Reollo, nuestro toldo ha sido la Vía Láctea que cubre el cielo toledano. Los valiosos tapices no han cubierto las paredes de la catedral, pero muchos toledanos han adornado sus ventanas y balcones con una bandera, un pequeño detalle, una flor, que simboliza que ahí está el Corpus. La tarasca no ha recorrido las calles del casco histórico, pero se ha hecho presente a través del recuerdo de muchos toledanos. El tomillo y el romero no han generado ese aroma que, desde la madrugada de este día, habitualmente despierta nuestros sentidos, agita nuestros corazones, y provoca esa sensación inconfundible que no podemos describir con palabras, pero que conocemos perfectamente todos los que la hemos vivido: la sensación de que “es” el momento, el día del Corpus. Pero hoy también es Corpus, porque aunque las circunstancias impidan gran parte de las habituales celebraciones, no pueden alterar una fecha, ni el fervor, el sentimiento y la voluntad de los que amamos esta fiesta.

 

Mientras escribo estas líneas, la custodia debería procesionar por las calles de la ciudad, acompañada por las cofradías, las autoridades, y arropada por tantos ciudadanos. No sucede eso. Pero hay Corpus, para todos los que compartimos la fe, o para quienes, con independencia de sus creencias, quieren mantener su significado. Porque muchos han compartido las imágenes, los recuerdos, las vivencias de esta fiesta, que también de este modo se ha hecho presente. Y sobre todo, hay Corpus porque veo en la televisión la solemne misa y la procesión dentro de la catedral, y me conmuevo (seguro que al igual que muchos otros) en ese emotivo momento en el que la custodia ha salido a la puerta de la catedral, y el silencio se ha roto con una cerrada ovación. Y me estremezco y me emociono, que es lo que me pasa siempre en esos momentos sublimes, esté presente de forma física o virtualmente, que es otra forma de presencia. Y desde mi casa canto y me uno espiritualmente a todos los que, desde cualquier lugar del mundo, han gozado alguna vez en nuestra ciudad de esta fiesta única, o anhelan hacerlo en algún momento de su vida. Hay Corpus, y podemos vivirlo con especial intensidad, porque este año, tan diferente, hemos sabido conservar su verdadera esencia, que es la que nos une a todos. Y porque esta forma, más intimista, nos permite recordar -hoy y siempre- a los que, por culpa de esta desgraciada pandemia, ya no pueden acompañarnos. Este año todo es muy diferente, y así será recordado en la historia de nuestra fiesta más especial. Pero si conservamos su esencia y mantenemos nuestra ilusión, hay Corpus.


jueves, 4 de junio de 2020

Contar los muertos

Contar los muertos



            Lo sé. Los fallecidos son mucho más que una estadística. Detrás de cada fallecimiento por coronavirus hay una tragedia humana, una familia desolada, y un país entristecido. Pero por eso mismo es importante que esa cuenta se lleve bien. Precisamente porque cada persona importa, y porque no tenemos otra forma de valorar las dimensiones reales de este drama. Puedo entender, perfectamente, que el cómputo no es tan fácil como podría parecer, y que para contar que un fallecimiento se ha producido con certeza debido a esta enfermedad, hay que asegurarse con las pruebas adecuadas. Pero no podré entender nunca la paradoja de que cuantas menos pruebas rigurosas se hagan, más baja será la estadística oficial, la que quedará y será utilizada en los cómputos internacionales (aunque ya hay quien ha sacado a España por su falta de fiabilidad). Ni tampoco que, a lo largo de todo el proceso, el Gobierno cambie varias veces el criterio para el recuento, resultando ya imposible tener datos mínimamente homogéneos de todo el proceso. Ni que a raíz de uno de esos cambios las cifras prácticamente se frenen en seco, y hasta en ocasiones bajen. O que dejen de coincidir con las facilitadas por las Comunidades Autónomas. Me resulta incomprensible -y si lo entiendo me parece tremendamente injusto- que las cifras oficiales y supuestamente más precisas y rigurosas, hayan pasado a ser las menos ajustadas a la realidad; mientras que cifras fundamentadas como las de los registros civiles, las funerarias, y más recientemente el propio Instituto Nacional de Estadística, sean acaso menos precisas (porque no sea posible afirmar con absoluta certeza en todos y cada uno de los casos la causa), pero sin duda muchos más aproximadas a la realidad, a ojos de cualquier observante imparcial y desapasionado. En torno a 27.000 para el Gobierno, cerca de 48.000 para el INE. Desde luego importa esta tremenda diferencia. 

Importa que, cuando todo esto pase, queden cifras manifiestamente alejadas de la realidad. Quizá no todos los que han fallecido de más, respecto a los últimos años, lo hayan sido por Covid-19; tal vez haya habido un enorme accidente, como apuntó Simón; o, ya puestos, algunos alienígenas se han llevado a unos miles de españoles. El caso es que creo que este es el hecho que ha causado más muertes en menos tiempo desde la guerra civil, pero hoy deberíamos poder contarlos con rigor y con justicia. Es muy triste, pero ni siquiera el luto oficial puede servir de consuelo mientras haya miles de familias que saben con certeza que sus seres queridos se han ido por culpa de esta epidemia, y que no obstante nunca serán tenidos en cuenta. Sí, los fallecidos son mucho más que una estadística. Pero por eso mismo es un imperativo de justicia contarlos correctamente. Al menos, mi homenaje y mi recuerdo, y seguro que los de muchos compatriotas, se extienden también a esas decenas de miles de personas, y a sus apenadas familias, que han perdido a un ser querido que nunca entrará en la estadística “oficial”. 

(Fuente de la imagen: https://www.elmundo.es/opinion/editorial/2020/04/08/5e8cb550fc6c8304698b45f1.html )