jueves, 3 de diciembre de 2015

¿Lifting o cirugía?

¿Lifting o cirugía?



No, mis estimados lectores, no es que mi afición por la estética y la cirugía haya ido más allá de lo imprescindible. Más bien, como pueden suponer, es una metáfora –que espero no resulte incorrecta o inadecuada para nadie- aplicable a la Constitución. Porque si bien cada año, desde hace ya bastantes, somos más los que venimos señalando que ha llegado el momento en que su reforma va pasando de ser conveniente a necesaria, quizá es la primera vez que esta eventualidad ha pasado de ser posible a altamente probable, para la próxima legislatura. En efecto, buena parte de los partidos políticos llevan propuestas más o menos amplias de reforma en sus programas para las próximas elecciones, y en general ya todos aceptan esa posibilidad para la próxima legislatura. Claro está que, a partir de ahí, muchas de estas propuestas parecen todavía demasiado vagas e inconcretas, y desde luego hay muy poca coincidencia sobre a qué aspectos deben abarcar, y en qué sentido deben ir la reformas. En suma, unos se conformarían con un “lifting”, que eventualmente no conlleve intervención quirúrgica, y otros preferirían una más profunda cirugía reparadora, sin olvidar que, por desgracia, algunos parecen más partidarios de aplicarle a la norma fundamental de 1978 la eutanasia, y empezar de cero un nuevo proceso constituyente que ignore incluso las reglas de reforma del texto vigente. Pero como ya he dicho muchas veces, difícilmente el consenso ha sido nunca el punto de partida, y más bien se configura como un punto de llegada, y así lo fue en los años 1977 y 1978, que dieron lugar al texto constitucional vigente.

            En cualquier caso, parece llegado el momento de ir avanzando algo en el cómo y el qué convendría reformar. Comenzando por lo primero, cuando hablo del “cómo”, no me refiero a la obviedad (aunque parece que algunos no lo consideran tal) de que habría que seguir los procedimientos previstos en los artículos 166 y siguientes de la propia norma fundamental, sino también a qué condiciones políticas serían deseables para que el nuevo texto tuviera el suficiente apoyo y legitimidad y sea capaz de generar el necesario sentimiento constitucional. Y en este aspecto, más allá de la aritmética, conviene apuntar dos ideas: la primera, que el apoyo debería ser lo suficientemente amplio como para que no quedase fuera ninguna de las fuerzas políticas mayoritarias, tanto a nivel estatal, como en lo relativo a las fuerzas de ámbito regional con mayor apoyo. Es probable que la unanimidad sea un objetivo inalcanzable, pero al menos el apoyo a cualquier reforma ha de ser muy intenso tanto en términos cuantitativos (número de diputados y senadores) como cualitativo (variedad de fuerzas políticas, y por decirlo claramente no sería idóneo, aunque sí posible, un acuerdo de solo tres fuerzas políticas aunque alcanzasen hipotéticamente los dos tercios necesarios para la reforma agravada). La segunda idea: aunque por razones muy comprensibles, en el tema de la reforma la Constitución solo concedió a las Comunidades Autónomas, a través de sus asambleas, la facultad de presentar la iniciativa, ahora no me parecería lógico un proceso en el que las Comunidades no fueran oídas de algún modo, y que al menos de forma muy mayoritaria apoyasen el texto resultante. 

 Respecto al "qué", conviene empezar a valorar cuáles podrían ser los contenidos o aspectos fundamentales que una próxima reforma constitucional habría de abarcar. Aquí, como ya se ha dicho, las alternativas propuestas son muy variadas. Yo, por ir situándome, me ubicaría en un punto intermedio entre lo que sería una mera operación cosmética, o de muy escasa incidencia de fondo, y lo que supondría “matar” a esta Constitución, que será lo que sea, pero no es ni tan vieja ni mucho menos inútil, si lo consideramos en términos comparados. El intento frustrado de la legislatura iniciada en 2004 era, después de todo, poco más que un “lifting” con intervenciones bastante superficiales (sobre todo las relativas a la mención de las Comunidades Autónomas y a la Unión Europea), pero aun así el Consejo de Estado se encargó de poner de relieve sus dificultades. Yo creo que ahora habría que ir, por muchas razones, a una cirugía más profunda, y así, además de algunos de aquellos aspectos (Senado, sucesión a la Corona, Unión Europea), habría que revisar muchos otros, y la reforma podría afectar a buena parte de los títulos de nuestra carta magna.

A título de muestra, creo que habría que considerar la reforma en materia de derechos fundamentales, para ampliar los mismos, incluyendo algunos derivados de cambios sociales y culturales o de avances científicos y tecnológicos (explicitar derechos como la intimidad informática), así como profundizar en las garantías de los derechos, especialmente de los económicos sociales y culturales. También habría que establecer nuevas firmas de participación ciudadana, y eliminar algunas restricciones o dificultades existentes en esta materia (es muy difícil plantear con éxito una iniciativa legislativa popular, el referéndum ha sido muy poco utilizado y parece bastante restringido). Hay cuestiones técnicas muy importantes que han de revisarse, como la relativa a la posición de los tratados en nuestro sistema de fuentes, y el control de las leyes y otras normas en caso de que infrinjan esos tratados. También merece la pena ver en qué conviene reformar el Tribunal Constitucional, tanto en su composición (acaso un número impar de magistrados fuese una buena idea), como en sus competencias (quizá convenga dejar el amparo en manos de los tribunales ordinarios y especializar al Constitucional en procesos de control, incluyendo en su caso control previo de Estatutos y de la reforma constitucional, aunque esto último puede hacerse por ley). Por supuesto, hay importantes aspectos orgánicos dignos de revisión, no solo el más evidente del Senado, sino acaso otros vinculados al sistema electoral, y yo de paso introduciría la limitación de los mandatos presidenciales a dos, aunque estemos en un modelo parlamentario. Y cómo no, seguro habrá que abordar la reforma de nuestro modelo territorial de Estado. Aquí las alternativas van a ser antagónicas, y cada uno tendrá su opinión. Yo ya he escrito que la mía va en la línea de profundizar en la idea de establecer distintos niveles de descentralización y reconocer singularidades. De todos modos, me interesa destacar muy claramente los límites que creo debería tener cualquier reforma: el Estado social y democrático de Derecho, la soberanía del pueblo español, la monarquía parlamentaria, los principios unidad, autonomía, y solidaridad, la dignidad y los derechos como fundamento del orden constitucional. Así la Constitución de 1978 seguirá estando viva.


 (imagen tomada de http://iescavaleri.com/const/)

miércoles, 25 de noviembre de 2015

25 años de Facultad

25 años de Facultad

            Hace algunos días la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo conmemoraba, en un acto sencillo pero solemne, los 25 años de su creación. He sido testigo de todos ellos, primero como alumno, y luego como becario, profesor ayudante, profesor titular y catedrático; también como vicedecano… e incluso después como padre de alumno. Admito que mi opinión no dejará de resultar subjetiva, pero creo que no es aventurado afirmar lo mucho que ha evolucionado positivamente desde su fundación, y lo mucho que ha supuesto para la formación de los juristas, administradores de empresas y gestores públicos en la provincia y en la región. Fui alumno de la primera promoción de esta Facultad en el año 1990/1991 (de la que formó parte también el presidente Emiliano García-Page). Lo confieso: algunos dudábamos de que el traspaso de los estudios universitarios que desde décadas existían en Toledo en forma de colegio universitario amparado por la Universidad Complutense, a una universidad nueva y quizá desconocida entonces en el exterior, como la de Castilla-La Mancha, fuese a resultar positivo. Pero pronto el temor desapareció, al comprobar que dicho traspaso supuso la llegada a Toledo de gran número de catedráticos y profesores titulares, frente al anterior predominio de ayudantes y asociados (aunque algunos de estos también fueron, sin dudarlo, excelentes docentes). Y un poco después, al ver cómo al fin encontrábamos una sede adecuada, o por mejor decir incomparable y única, como es la del convento de San Pedro Mártir, al que poco después se unió el de Madre de Dios. A mí esto ya me tocó vivirlo como profesor, lo que además supuso el tránsito de unas mesas comunes de trabajo en el edificio de Padilla, a un despacho propio…

            Pero si las instalaciones dan un incuestionable valor a la Facultad, un activo fundamental es el profesorado, y obviamente no me refiero a quien esto escribe, sino sobre todo a los entonces jóvenes pero ya excelentes catedráticos que llegaron con su creación. Lo he dicho muchas veces, porque es una opinión sincera: no encuentro un privilegio mayor que el de haber sido primero alumno, y más tarde compañero, de profesores de tanto nivel académico y humano como Luis Prieto, Luis Ortega, Feliciano Barrios, Ángel Carrasco, o por supuesto mi maestro Eduardo Espín. Desde luego, tristemente en este capítulo hay un recuerdo especial para los colegas que ya no están físicamente entre nosotros, aunque desde luego su espíritu siempre nos va a acompañar: entre otros, aquí quiero volver a mencionar al inolvidable Luis Ortega, de quien tanto he aprendido, y a Timoteo Martínez Aguado y Felipe Centelles, amigos y compañeros en aquel equipo decanal que me permitió vivir experiencias que tanto han contribuido a mi forma de ser como universitario y como persona. En cualquier caso, es obvio que nada tendría sentido sin los alumnos de la Facultad, que año tras año han respondido a la oferta académica en número próximo a los dos millares, lo que demuestra la pujanza de los estudios que se ofrecen, en noble y directa competencia con muchas universidades madrileñas. En fin, en el emotivo acto de hace unos días fue un placer escuchar al rector Miguel Ángel Collado, a todos los ex rectores, a la viceconsejera y al decano Pedro J. Carrasco, y recordar en sus palabras el trabajo de muchos para que hoy la Facultad sea lo que es y tenga el futuro que tiene. Fue una ocasión única, porque aunque si Dios quiere me gustaría celebrar los 50 años, si bien lo pienso en ese momento ya estaré jubilado…




jueves, 19 de noviembre de 2015

Lo que simboliza Francia

Lo que simboliza Francia



            En una escena de la película “Casablanca”, la mayoría de los asistentes al café Rick´s cantan al unísono “La marsellesa”, algo que los nazis consideraron intolerable. La primera vez que vi esa película (y en cierta medida, las muchas más que la he vuelto a ver) me emocioné con esa escena, y sentí el himno francés como algo propio. Obviamente, la causa no estaba, ni mucho menos, en una mayor simpatía hacia Francia que hacia Alemania, sino en una clara preferencia por lo que en esa escena simbolizaba el himno: los valores de libertad, igualdad y fraternidad, frente al totalitarismo nazi. En estos días en que muchos nos hemos sentido tan cercanos al pueblo francés, he vuelto a tener una sensación parecida, y me he vuelto a emocionar al ver cómo los parlamentarios y el presidente de la República entonaban en Versalles, con la máxima solemnidad, “La marsellesa”, o incluso más al ver cómo todo el estadio londinense de Wembley cantaba el himno francés en el partido amistoso entre las dos selecciones. Y por supuesto, no dudé ni un instante al poner en mi perfil de Facebook el fondo de la bandera azul, blanca y roja que representa a nuestro país vecino, durante siglos rival o enemigo, hoy totalmente aliado y amigo. Sin embargo, algunos no han tardado en criticar a la red social por ofrecer la posibilidad de utilizar la bandera francesa, pero no las de otros lugares en los que diariamente mueren personas víctimas de las más variadas formas de violencia o injusticia; e incluso han cuestionado por excesivas estas actitudes de condolencia,  simpatía o temor, argumentando que no se entiende por qué se da mucha más importancia a estas víctimas que a otras a las que parecemos ignorar.

            Al respecto me gustaría opinar lo siguiente: es evidente que todas las vidas humanas tienen el mismo valor, y aunque es humanamente comprensible que sintamos con más intensidad el dolor de las víctimas más cercanas por tantos motivos (no en vano “prójimo” deriva de próximo), no estará mal que esto sirva para que seamos conscientes de que hay mucho dolor injusto en muchos lugares del mundo. Pero si todas las vidas tienen el mismo valor, no lo tienen a mi juicio todas las ideas, y sería por ello incorrecto poner al mismo nivel la democracia y los derechos, por un lado, y la pura barbarie, por otro. Lo que hace en mi opinión justificable que esta ola de solidaridad y de condolencias que ha recorrido occidente haya sido especialmente intensa, es que los atentados del pasado 13 de noviembre no solo han segado la vida de muchas personas y han generado un conjunto de víctimas directas o indirectas, sino que suponen un ataque frontal a los valores de democracia y derechos, representados en esta ocasión por Francia, como antes lo fueron por Estados Unidos, Reino Unido, España o Turquía, entre otros. Occidente habrá cometido más de un error –y quizá la mayor parte de ellos se hayan producido precisamente por no ser coherente con los valores que inspiran nuestra civilización-, pero no es en absoluto responsable de estos atentados. Más bien es la víctima. Y ante la permanente amenaza de ataque inminente, defenderse no es una posibilidad sino un deber. No es venganza, sino legítima defensa. Es “luchar” –acaso en sentido literal- por nuestros derechos. Demasiadas veces Europa ha sido incapaz de unirse para defender los valores comunes. Como representa el ejemplo de Wembley, hoy la mayoría de los ciudadanos europeos (y en buena lógica esto debería aplicarse a todo el mundo), se sienten unidos por el dolor y por esos valores.  Hay que actuar en consecuencia.

(fuente de la imagen: http://mundoactualidad.net/imagen-con-mensaje/descargar-bandera-de-francia-de-luto-gratis/) 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Constitución y elecciones

Constitución y elecciones




            El debate sobre la posible reforma electoral ha tenido durante los últimos años una indudable importancia dentro de los temas políticos y sociales, y esto es algo que en Castilla-La Mancha se ha percibido de manera especialmente intensa, debido a la sucesión de reformas electorales y a los correspondientes pronunciamientos del Tribunal Constitucional. El análisis de la cuestión desde la perspectiva constitucional es muy importante, pero tiene su propio marco y características, y no es bueno abusar de la Constitución, y mucho menos tratar de constitucionalizar las posturas políticas particulares, por muy legítimas y razonables que puedan parecer. En realidad, la norma suprema establece solo los parámetros básicos del sistema electoral del Congreso y del Senado, y unos principios muy generales para los sistemas autonómicos, así como un breve inciso dedicado a las elecciones locales. De esta manera, el ámbito de actuación del legislador (tanto estatal, como autonómico, como estatutario) es sin duda amplio. Como he escrito varias veces, el Derecho Constitucional no es el arte de lo óptimo, sino de lo admisible. Por eso, cuando de la norma fundamental y de la jurisprudencia constitucional se deriva claramente un amplio margen para la interpretación o desarrollo de los principios constitucionales, uno puede llegar a pronosticar con bastantes posibilidades de acierto lo que dirá el Tribunal Constitucional cuando se pronuncie sobre normas que desde luego no vulneran frontalmente esos márgenes constitucionales. Pocas veces me he atrevido a pronosticar públicamente lo que puede decir el Tribunal Constitucional en un recurso determinado, pero cuando lo he hecho, debo decir que casi siempre he acertado (y cuando no ha sido así, había algo novedoso, diferente o cuestionable en la decisión, que la hacía menos previsible). El caso es que, aunque esté feo que yo lo diga, acerté cuando escribí que el Tribunal declararía la constitucionalidad de la reforma estatutaria de Castilla-La Mancha, y posteriormente de la reforma de la ley electoral.



         
   De todos modos, sabiendo cuáles son los márgenes y opciones constitucionales, los especialistas pueden, como es obvio, expresar preferencias en materia de reforma electoral, entrando en lo “preferible” desde la perspectiva de los objetivos que consideran más importantes, los principios que crean que deben enfatizarse, o lo que consideren más adecuado en términos de democracia, representatividad, proporcionalidad, estabilidad, o cualesquiera otro fines legítimos. Ambas perspectivas (el marco constitucional y las posibilidades de reforma) se abordan en las Jornadas sobre Justicia Constitucional y Elecciones que los días 12 y 13 se celebran en la Facultad de Ciencias Jurídicas de Toledo. Participan algunos de los mejores especialistas, desde magistrados del Tribunal Supremo, miembros de la Junta Electoral, hasta catedráticos de la Universidad de Castilla-La Mancha y de otras Universidades españolas, considerando tanto la perspectiva estatal como la de los sistemas electorales autonómicos (entre otros, intervienen los autores de dos de los libros más completos sobre sistemas electorales autonómicos, como son Joan Oliver Araujo y Tomás Vidal Marín). Yo, que no tengo ese grado de especialización en la materia, haré una modesta y breve contribución al tema, que no voy a contar aquí, entre otras cosas porque no me queda ya espacio… 

jueves, 5 de noviembre de 2015

El centro

El centro


            Algunos dicen que el centro político no existe. Que eso que llamamos “centro” es en realidad una amalgama de ideologías diversas, y por tanto una posición política incoherente, vacía o carente de un perfil propio. En mi opinión, para empezar y aunque pueda resultar sorprendente, no siempre la coherencia es la mayor virtud en política. Si entendemos por coherencia “actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan” (2ª acepción de la palabra en el diccionario de la Academia), podríamos decir que los nazis fueron coherentes… con su idea de la superioridad de la raza aria. Y esta coherencia, al partir de una premisa errónea y perniciosa, tuvo nefastas consecuencias. Así que, para empezar, la coherencia requiere que unos principios “correctos” o “positivos”. Pero resulta que en el mundo de las ideas políticas, existen principios y valores que nuestras sociedades pueden considerar más o menos positivos, pero que en la práctica pueden entrar en contradicción, o al menos se sitúan en cierta situación dialéctica o de tensión. Acaso el ejemplo más claro sea el de los principios de libertad y de igualdad. Está comprobado que la máxima libertad de todos en todo hace inviable la igualdad real; de hecho, suele acrecentar las desigualdades, pues sin control o corrección, los ricos tienden a ser más ricos, y los pobres más pobres. Pero la imposición de la igualdad total en todos los resultados choca con la libertad humana: si todos tuviéramos que tratar igual a todos, no podríamos favorecer a nuestra iglesia o a nuestras asociaciones preferidas, si fuera el caso. Además, si el resultado es que todos vamos a tener siempre lo mismo, desaparece todo incentivo a la libre iniciativa. Por ello ser “radical”, o sea defender un principio desde la raíz como fundamento de una sociedad o de la convivencia, supone casi siempre minusvalorar o ignorar otros igualmente importantes. 


            Creo que nuestra historia contemporánea ha puesto de relieve demasiadas veces los inconvenientes de la radicalidad, y quizá por ello las democracias más avanzadas se caracterizan por la alternancia de mayorías parlamentarias (y de gobiernos) moderadas y relativamente “centradas”. Porque  en los temas importantes, la cuestión esencial es el énfasis y la mayor incidencia de unos u otros principios, dentro de los que nuestras sociedades consideran admisibles, o incluso positivos y los incorporan en sus constituciones. Por eso creo que, si debatimos en términos sensatos y razonables, deberían estar superados dilemas como los de liberalismo-socialismo, mercado-intervencionismo, privado-publico, generación de riqueza-distribución de la riqueza, Estado de derecho-democracia, por poner solo algunos ejemplos. La fórmula “Estado social y democrático de derecho” está para intentar resolver esas tensiones. Los debates  interesantes son, por ejemplo, los relativos a cuál es la intensidad deseable del mercado, cuáles son las prestaciones sociales convenientes y sostenibles, cuál es la carga fiscal adecuada en cada momento y cómo debe distribuirse. Es decir, cuál debe ser en cada momento el resultado de la ponderación entre libertad e igualdad. Ser de centro es situar estos debates (e incluso otros como los de centralización-descentralización, libertad religiosa-laicidad, entre otros) en el marco de la ponderación entre principios razonables.

(fuente de la imagen: http://politicaparaprincipiantes.com/2013/07/15/que-diablos-significa-estar-en-el-centro-politico/)